De ‘quitapesares’ a salones

Vista desde dentro de una de las galerías más emblemáticas de A Coruña, restaurada hace dos años. La ventana está coronada por un arco partido en cuatro y culminado a su vez por cuatro ‘crestas’. | Carlos Pardellas
“Conjunto apelmazado de insípidas grilleras modernas, tan aburridas, tan previstas, de tan necia regularidad que dan ganas de morirse porque recuerdan el encasillado de las necrópolis”. Estas grilleras, las galerías coruñesas que tanto disgustaban a la condesa Emilia Pardo Bazán, están en trámite de convertirse en Bien de Interés Cultural (BIC) por su valor urbanístico y arquitectónico, por erigirse ya en símbolo de la identidad de A Coruña y de su espíritu de ciudad abierta y liberal, además de constituir una forma de construcción adelantada a su tiempo al ser bioclimática y sostenible.
Emilia Pardo Bazán las llamó grilleras pero también se le atribuye a ella su denominación más popular: quitapesares. En su época tuvo detractores tanto entre los vecinos como entre los arquitectos, que terminaron por asumirlas ante el tirón popular. El propio Ayuntamiento coruñés acordó en 1931 crear un impuesto a todos los propietarios de viviendas con galería, una medida que fue suprimida al año siguiente de su implantación gracias a la intercesión y sentido común de la Cámara de la Propiedad Urbana.
Hoy en día las galerías coruñesas, todas diferentes, son la fotografía preferida de los turistas, un referente en Europa y un inmueble muy codiciado. Una de estas viviendas, en estado ruinoso en su interior, fue adquirida por un conocido empresario, que también compró otra en O Parrote, por 125 millones de las antiguas pesetas.
La ciudad presume de esta arquitectura bella e inteligente que está protegida por las normas urbanísticas municipales, aunque esta garantía no la libra de daños: en los últimos dos meses se han producido dos incendios y en 2000 el fuego devastó uno de los inmuebles, que luego fue totalmente rehabilitado (hoy alberga a Caixanova).

‘Hall’ de entrada de uno de los edificios de La Marina, con veinte escalones hasta llegar al ascensor. | Carlos Pardellas
La protección municipal discrimina entre los dos tramos de galerías: las de la avenida de Montoto tienen el máximo grado, protección monumental, y las de La Marina sólo integral. Curiosamente, si finalmente se declara BIC esta zona de galerías, está incluido un edificio que no tiene galería: en la gran dentadura blanca que es La Marina figura un inmueble de piedra marrón, al que se le llama popularmente como El Diente de Oro.
Las fachadas acristaladas de la avenida de La Marina y de la avenida de Montoto reúnen una veintena de edificios que conforman el núcleo original de lo que hoy se denomina popularmente como las galerías coruñesas. El edificio más antiguo es de 1870 y el más moderno, de 1926, aunque muchos se han reformado y modificado a lo largo de los años y alguno ha perdido su espectacular galería de colores, como es el caso del inmueble donde se ubicaba el restaurante O Piote. Una gran parte de estas construcciones tuvieron a Faustino Domínguez como responsable del proyecto y a Juan de Ciórraga como director de obra.
Existen más zonas de la ciudad con estos miradores, como en la Ciudad Vieja o en la zona de la plaza de Lugo, y en los Cantones, donde se han realizado modernas reinterpretaciones de las galerías e incluso construcciones que fingen serlo. Pero estos dos tramos frente a la Dársena constituyen la fachada emblemática de A Coruña. Y eso que en realidad son sólo la puerta de atrás: la fachada auténtica, donde están los portales de acceso a las viviendas, es la de María Pita y Riego de Agua.

Los dos tramos más auténticos de galerías coruñesas, según los dibujos del planeamiento urbanístico del Ayuntamiento. l La Opinión
Con el tiempo los inmuebles se dividieron verticalmente: dos de ellos son ahora edificios independientes. También se llevó a cabo una división horizontal: muchas viviendas ahora sólo tienen una fachada.
El actual símbolo de la ciudad se le debe a los nuevos ricos, una burguesía industrial y comercial que renovó toda la fachada a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Eran alcaldes, concejales, diputados, banqueros, comerciantes, consignatarios de buques e industriales. Hoy los propietarios actuales son arquitectos, abogados, notarios, empresarios, instituciones, entidades bancarias e incluso descendientes de aquella burguesía, como es el caso del inmueble que pertenece a la familia de Pedro Barrié; o alguna propiedad de la familia Ozores.

Uno de los tres modelos de galería por dentro: la que eliminó el muro. | Carlos Pardellas / Fran Martínez
“Era una burguesía con mucha iniciativa, que recogerá lo que más le gusta de la arquitectura denominada culta, más académica, lo que se ve en las fachadas principales de las galerías, a Riego de Agua y María Pita, con piedra de cantería; y lo que le gusta de la arquitectura popular, las galerías, fruto de años de experiencia. No rechazó los elementos populares sino que los asumió”, asegura Xosé Lois Martínez, vicerrector de la Universidade da Coruña y el máximo experto en las galerías coruñesas, en las que basó su tesis doctoral cum laude.
Estas viviendas con galería se construyeron para las familias que se hicieron con los solares, por lo que pusieron el máximo cuidado en construirlas a su gusto, con los mejores materiales y decoración, porque era donde iban a vivir. A la difusión de la galería también contribuyó la existencia en la ciudad de las fábricas de vidrios La Coruñesa (1839) y Español y Cía (1877)
El cuidado por los detalles en los hogares de esta burguesía aún es visible hoy en día. Estos edificios tienen enormes halls de mármol o de piedra, coronados por gigantescas lámparas o arañas.
Los techos suelen tener trabajadas escayolas. Todos poseen un tramo de escalones con pasamanos como preámbulo a las escaleras para acceder a las plantas.
Muchos propietarios conservan aún la puerta original de la casa, de madera con incrustaciones metálicas y a veces cerámica en los pomos. Son de un tamaño considerable, hasta cuatro metros de altura. Algunas aún tienen los timbres tradicionales, que suenan como los estridentes teléfonos antiguos.
Todas estas viviendas de suelos de madera y gruesos travesaños de madera de la mejor calidad tienen en común, en su interior, unos pasillos larguísimos, algunos de más de treinta metros; y unos elevados techos. En un caso, hasta 4,5 metros.

Uno de los tres modelos de galería por dentro: la que sustituyó el muro por puertas acristaladas. | Carlos Pardellas / Fran Martínez
“El estado de conservación de las galerías en general es bueno, en algún caso muy bueno, porque tienen un mantenimiento constante y se han efectuado obras de rehabilitación. Además están construidas con madera de tea, que resiste muy bien el fuego. Son otros productos, como pinturas o plásticos, los que sí son peligrosos”, explica el concejal de Vivenda e Rehabilitación, Mario López Rico.
La mayor parte de estos inmuebles cuenta con ascensor, algunos instalados hace pocos años, pero otros no lo poseen debido a la falta de espacio en el hueco de la escalera. Existen casos curiosos como el de un edificio en Riego de Agua que contaba con un espacio muy reducido junto a la escalera para instalar el ascensor y se colocó un estrechísimo elevador en el que casi hay que entrar de perfil y que tiene dos puertas: por una entras y por la otra, tras girar en redondo, consigues salir. Más extraño es el caso de otro inmueble en el que, debido a la difícil configuración del hueco de la escalera, es necesario subir veinte escalones, en cuatro tramos, para acceder al ascensor.
Dos edificios de la avenida de Montoto están coronados por un lucernario que ilumina de forma natural el hueco de la escalera. En un caso este lucernario figura como un propietario más: en el videoportero el timbre correspondiente al sexto piso tiene al lado el nombre mirador.
En lo que ya no coinciden los propietarios es en el diseño y uso de la galería. Un gran número de estos residentes ha optado en los últimos años por derribar el muro que separaba la vivienda de la galería, por lo que ésta ha perdido así su función principal y original como aislante térmico y acústico, aunque los inquilinos han ganado en luminosidad y vistas.

Uno de los tres modelos de galería por dentro: la tradicional donde se conserva el muro. | Carlos Pardellas / Fran Martínez
“Yo hice el proyecto para reformar la vivienda hace un año. Tiré el muro y puse unas puertas acristaladas. Hoy en día no hace falta la función original de la galería, hoy existe la calefacción”, explica una arquitecta, quien añade que en cuanto a la galería, “todo son ventajas”. Sólo pone peros a la burocracia. “No es que deban dar más subvenciones sino más facilidades en la oficina de rehabilitación, más agilidad”, asegura.
Propietarios como esta arquitecta han derribado el muro e instalado puertas acristaladas para separar el salón de la galería. En otros casos, la mayoría, no existe ninguna separación y la estructura acristalada es una ventana más. En estos casos la vivienda en verano es muy calurosa al no existir un muro de piedra que contenga el calor del sol y evite el efecto invernadero.
Estos inquilinos han incorporado así las galerías a su salón, es el mirador de la sala de estar. Al lado de la estructura de madera y cristal han instalado sillones o mecedoras, butacas y sofás para ver la televisión. Es el lugar de ocio de la familia, donde suelen leer, tomarse un té o café mientras contemplan las impresionantes vistas, a veces con la ayuda de un catalejo. Allí colocan libros y plantas, mecedoras y mesitas.
Regulan la luz con estores y la temperatura abriendo ventanas de la galería y de la otra fachada, para hacer corriente. Las galerías mantienen así su función como quitapesares. El arquitecto José Antonio Franco Taboada resalta precisamente los “efectos psicológicos” de la galería. “La galería gallega constituye un original e ingenioso artefacto arquitectónico que no sólo logra controlar (…) los elementos del clima (…) sino que satisface unas necesidades psicológicas y estéticas”, concluye Antonio Franco Taboada en un estudio sobre estas construcciones.
Existen también propietarios que han preferido respetar la filosofía y la funcionalidad de las galerías como regulador térmico y no han derribado el muro de sillería de la fachada. Es el caso de un arquitecto que ha conservado la estructura original, con dos puertas acristaladas (que se cubren con contraventanas) que comunican el salón con la galería, recientemente restaurada y con un delicado trabajo de marquetería y vidrio en el dintel de las ventanas, todas ellas de guillotina, tal y como se concibieron en su día.
Porque al parecer el origen de esta peculiar arquitectura está en la configuración de la popa de los barcos que realizaban intercambios comerciales entre los puertos de Ferrol y A Coruña con las ciudades portuarias inglesas en el siglo XVIII.
Precisamente Ferrol es otra ciudad en la que también se pueden ver galerías, y más antiguas aún que las de la ciudad herculina. Las popas de los barcos tenían ventana de guillotina, la única forma en que no se batía al abrirla por la acción del fuerte viento en el mar.
En los últimos años se han rehabilitado varios inmuebles de la fachada que dio a A Coruña el nombre de Ciudad de Cristal. En 2005 el número 7 de la avenida de La Marina, el edificio diseñado por Vitini, estrenó su restaurada vidriera de colores. Un taller de carpintería reconstruyó todo el frente con madera de iroco, muy resistente. De los antiguos cristales de colores venecianos pocos se salvaron y fueron sustituidos por otros fabricados en talleres de Alemania y Bélgica donde aún realizan el soplado artesanal. Las obras costaron a la comunidad de vecinos 170.000 euros. La manzana de galerías se cierra en María Pita con la Casa Rey, un impresionante inmueble modernista compuesto por cariátides, estructuras de hierro forjado y un increíble trabajo de la madera como si fuera encaje.
Esta arquitectura fruto de la sabiduría popular funciona como un regulador térmico, un colchón que aísla del frío y del ruido y que elimina humedades. Durante el día acumula el calor y por la noche lo expulsa lentamente. La galería ilumina y también funciona como parasol en verano para reducir el efecto invernadero.
“Es una de las páginas más extraordinarias de la arquitectura y del urbanismo de Galicia”, asegura Xosé Lois Martínez, quien ve esta fachada como el fruto del “intenso diálogo entre la ciudad y el mar”.
La burguesía se hace con fincas en primera línea a 12 pesetas el metro
Todo cambió en A Coruña con el derribo de las murallas defensivas de la ciudad en 1840. El poder de la nobleza que estaba en la Ciudad Alta, hoy Ciudad Vieja, pasó a la burguesía de la Ciudad Baja o Pescadería, que floreció desde ese momento sobre todo por el comercio ultramarino. El Ayuntamiento dividió en 27 parcelas los terrenos que ocuparon hasta entonces las murallas y los sacó a subasta.
El Concello se quedó con el peor terreno, donde está ahora la Casa Consistorial y donde fue necesario un costoso desmonte para salvar unos quince metros de desnivel. Por el contrario los nuevos ricos fueron los que ocuparon todas las parcelas con frente a la bahía. Fue una privatización sistemática de suelo público y además a muy buen precio. Tal y como explica Xosé Lois Martínez en el imprescindible libro A praza de María Pita. A Coruña (1859-1959), los peritos tasaron en 32 pesetas el metro cuadrado de zona donde hoy se ubica la calle Fama aunque el precio por el que salió a subasta fue de 12,50 pesetas, es decir, menos de la mitad del precio de mercado. El coste de la adjudicación varió según la situación: la más cara, 19,58 pesetas, correspondió al penúltimo solar de la avenida de Montoto, donde hoy se ubica la Heladería Italiana. En el cruce de Riego de Agua con María Pita el precio de mercado era 22,54 pesetas el metro pero también salió a subasta en 12,50 pesetas. Los solares más baratos, subastados y adjudicados en 8,75 euros, fueron los del lateral derecho de María Pita. “El frente de la bahía a lo largo de 500 metros se renueva en su totalidad para acoger a la clase dirigente local”, destaca el arquitecto Xosé Lois Martínez.
¿Quién se hizo con estos solares en primera línea de bahía? Políticos (alcaldes, concejales, diputados en Cortes y diputados provinciales), directivos de bancos (Banco de A Coruña, Banco Pastor) y los empresarios más relevantes (consignatarios de buques, navieros, industriales y comerciantes). Son banqueros como Atocha, Ugarte, Montero y Telinge, Barrié y Pastor; y financieros con casas de cambio como Obanza y Eusebio da Garda. Son empresarios ligados a la floreciente industria como el maderero Cervigón; Ugarte, de la fábrica de vidrio La Coruñesa; y Joaquín Español, de Español y Cía, también dedicada al vidrio. Existen también empresarios que se convierten en políticos como el alcalde Juan Montero y Telinge o Antonio Argudín; ediles como Guillermo García Freire; diputados en Cortes como Manuel Batanero; militares de alta graduación como Cándido Pieltaín.
Tanto en este caso como en el de la ocupación de la antigua Plaza de la Verdura y el avance de las casas de la calle Real hasta taponar el callejón de la Estacada, y ya antes las Casas de Paredes, son ejemplos de ocupación de terrenos públicos a favor de personalidades como Cervigón, Pastor, o Telinge, que son empresarios y también políticos. “Aparecen al mismo tiempo tomando decisiones desde las plataformas del poder político y siendo beneficiarios directos de las mismas en su papel de agentes privados en la construcción de la ciudad”, afirma Martínez. “Es una burguesía que luego devolvía lo que le daba la ciudad. Ahí está el ejemplo de Eusebio da Garda, Labaca, Adelaida Muro…”, añade.



