Suplementos de La Opinión A Coruña

Los mejores reportajes de los suplementos de tu Periodico Favorito

Paul Newman: la mirada indomable

05-newmanLe avergonzaba tanto que mirasen sus ojos increíblemente azules que no se despegaba casi nunca de las gafas de sol. Era su bendición y su condena. La guinda de una belleza perfecta que, con el tiempo y muchas cañas (amaba la cerveza tanto como las carreras de coches), se adueñó de una admirable madurez interpretativa. Pocos supieron envejecer tan bien como él. Paul Newman: el buscavidas atormentado, el forajido socarrón, el detective triste, el abogado malherido, el preso indestructible, el truhán insolente, el seductor cínico, el boxeador de carne y plomo. Un actor que supo sobreponerse a su apolínea belleza para ganarse el respeto de propios y extraños con interpretaciones que acabaron abonadas a la excelencia. Y una persona admirable que huyó de los oropeles y las ciénagas de vanidad para centrarse en su familia (sobre todo su esposa, la gran Joanne Woodward), en su trabajo concienzudo y coherente (como actor y estupendo director), en sus obras sociales. Una vida privada que intentó mantener lejos de los focos, y que también ocultaba sombras: la muerte de su hijo Scott por sobredosis le marcó a fuego.

No es sencillo acercarse a una personalidad así por mucha exposición que haya de su figura a lo largo de décadas. Entre otras cosas porque Newman se cerró a cal y canto. Shawn Levy se ha atrevido con una biografía (editada por Lumen) que se basa en los testimonios de quienes trataron al actor y en las declaraciones de éste a lo largo del tiempo. Newman y su mujer no aceptaron hablar de su vida. Y cuando él se planteó escribir sus memorias, lo dejó por aburrimiento. El aburrimiento: palabra que acompañó mucho tiempo a la estrella en su singladura cinematográfica. A pesar de los inconvenientes, y de que el biografiado no es un personaje de vida turbulenta y por ello “espectacular” (no es Brando, para entendernos), Levy ha escrito una obra más que estimable, documentada al máximo y con una clara vocación de abordar el reto con respeto pero sin servilismo. Con un estilo sobrio que no descuida la evocación lírica ni la reflexión atinada, y narrada con esa pasmosa destreza de sello inequívocamente anglosajón.

“Newman no fue el mejor actor norteamericano”, matiza Levy, “ni siquiera el mejor actor de su generación, pero, sin duda, fue el actor más norteamericano, el tipo cuyos papeles y persona mejor representaron el tenor de sus tiempos y su gente”. No fue un Rock Hudson ni un Tony Curtis ni un Robert Wagner, “actores guapos y capaces, sin duda, pero más estrellas cinematográficas que artesanos de su oficio. Newman poseía una disciplina interior que lo llevaba a exigirse más a sí mismo y gracias a su perseverancia consiguió labrarse un lugar junto (y a veces incluso por encima) a dioses del método como Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean. Al final fue la única superestrella que surgió de la generación original del Actors Studio, el más popular y duradero de los actores norteamericanos seguidores del método Stanislavski, y el único que puede sentarse cómodamente con los grandes de la edad de oro del cine y con los nuevos y subversivos intrusos”.

Newman, no lo olvidemos, “representó un eslabón esencial del siglo norteamericano, el de los hombres que no estaban destinados a heredar un sistema que no se aguantaba cuando sus padres se lo legaron (…); casi sin quererlo, se convirtió en su actor laureado”.

Es curioso, muy curioso: “A pesar de ser la pareja de un matrimonio legendario por su medio siglo de duración, pocas veces interpretó un papel romántico como protagonista, y, para ser sinceros, cuando lo hizo nunca salió especialmente airoso. Más bien se inclinó por interpretar a atletas en dificultades, a forajidos medio locos, a artistas del timo, a despreocupados iconoclastas y a una larga serie compuesta por detectives no muy de fiar, vendedores de licor, policías, espías, abogados, leñadores y trabajadores de la construcción”.

Como empresario triunfó “casi tanto como piloto y propietario de un equipo de coches. Fundó su propia marca de productos alimentarios, un negocio al que se dedicó cumplidos los cincuenta años, y estableció nuevos estándares en la eliminación de sustancias conservantes y el uso de materia fresca para la preparación de aliños para ensaladas, salsas para pasta, condimentos y aperitivos”. Y ojo con el dato: “Aparte de los millones de dólares y miles de horas de su tiempo que había donado a lo largo de los años, la Newman’s Own Foundation, que recibía los beneficios íntegros de sus empresas de la alimentación, repartió más de doscientos cincuenta millones de dólares en sus primeros 25 años de existencia”.

Tanto logro le incomodaba. Un periodista dijo de él: “Seguramente es la única persona en todo Estados Unidos que no quiere ser Paul Newman”. El gran guionista William Goldman, fue más allá: “No creo que Paul Newman crea ser de verdad Paul Newman”. Y él mismo lo reconoció: “El papel más difícil es hacer de Paul Newman. Mi personalidad es tan aburrida y gris que tengo que robar personalidades de otros para ser efectivo”. Humilde y sincero: “Creía en el trabajo, en la familia, en la suerte, en la colectividad y en una mayor riqueza, y si una parte de esa riqueza llegó a colmar su copa a lo largo de los años, siempre se aseguró de compartirla y de hacerlo con el mejor posible”. “Cuando uno tiene éxito”, decía el actor con amarga lucidez, “le gusta que se lo reconozcan, pero es muy duro que te lo reconozcan acercándose a ti por la calle y diciéndote a la cara: ‘Quítese las gafas de sol, que quiero verle los ojos?’. ¿Qué sentido tiene llegar a ser alguien en tu profesión si es para eso?” Por eso odiaba firmar autógrafos: “Seré un hombre feliz si nunca más vuelven a pedirme uno”.

Sin abusar del anecdotario y sin caer nunca en el chismorreo, el libro de Levy aporta mucha información interesante sobre los rodajes (por cierto, en La leyenda del indomable “no me comí ni un solo huevo”). De ideas claramente progresistas (incluso llegó a pensar presentarse a senador), Newman nunca dio la espalda a su fracaso más desolador: “Yo no tenía ningún talento como padre”.

“El epitafio que algún día me gustaría que figurara en mi tumba es que fui parte de mi época”, decía Newman, aunque sus últimas palabras a su familia antes de su veredicto final un tristísimo 26 de septiembre de 2008 tras una lucha llena de orgullo y dignidad contra el cáncer fueron más emotivas: “Ha sido un privilegio estar aquí”. Sin duda, fue un privilegio para todos nosotros que su mirada indomable estuviera ahí, entre sueños y leyendas.

Etiquetas: , ,

Escribe una respuesta