La última novela de Paul Auster
El premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006, el ya indiscutido Paul Auster, entregó el año pasado la excelente y morosa Un hombre en la oscuridad, y cumple en el presente con Invisible, más completa que la anterior en cuanto a contenido “literario”. Es una novela de amor, de intriga, de paisajes exóticos (en su último capítulo), de incestos y presuntas deslealtades, de espías, de pinchazos al lector para que reflexione sobre el bien y el mal. Es, asimismo, una exploración de lo que una trama muy simple puede dar de sí “literariamente” si se la explota a tope. Cuatro o cinco horas de lectura que compensan.
El lector se topa, en la primera de sus cuatro partes, a la que bien podríamos titular El crimen, con una historia canónica en primera persona: “Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967”. Adam Walker, guapo y listo, estudiante en Columbia como Auster (y de su misma edad), se encuentra en una fiesta con una pareja que va a cambiarle la vida. Rudolf de Born y su compañera Margot van a pasar de ser “dos extraños que había conocido en una bulliciosa fiesta una noche de primavera en la Nueva York de mi juventud, una ciudad que ya no existe” a abrir la caja de los truenos contra Adam. Rudolf es un profesor rico, agente secreto francés también, que le propone al protagonista crear una revista de artes y letras con las directrices que Adam decida. Asimismo, hay un si es no es de Rudolf con Margot y el chico, pues parece que quiera arrojarla en sus brazos, como así va a ocurrir durante cinco días con sus noches de mucho comer exquisito y mucha cama apasionada. Pero De Born no puede por menos de hacer honor a su apellido, pues lleva el mismo del poeta provenzal Bertran de Born, al que encontramos en el Infierno de Dante padeciendo los rigores infernales en compañía de los sembradores de discordia, decapitado por haber alentado la cizaña entre un padre rey y su hijo: “Porque separé a tan unidas personas, / separado llevo mi cerebro, ¡desgraciado!, / de su principio que está en este tronco”. Así, en un incidente callejero, Rudolf da muerte a un ladronzuelo callejero de forma brutal, sumiendo a Adam en la duda sobre si denunciarle o no. Lo hará cuando ya sea demasiado tarde, y no se lo perdonará jamás.
Bien, es solo la primera parte e incluso puede leerse como una novela corta y ya está.
Pero, a partir de ahí, Auster comienza a forzar, a hacer “literatura” a partir de hechos tan anodinos o, si se quiere, tan frecuentes, en las novelas negras. La segunda parte podría titularse El incesto y nos presenta a otro personaje, también en primera persona. Es James Freeman, un escritor de éxito, que ha recibido un envío postal de su antiguo condiscípulo Adam Walker. Resulta que lo que habíamos leído en la 1ª parte de Invisible es un capítulo de una novela que Walker está escribiendo, que constará de cuatro capítulos (uno por estación del año), y que somete a la consideración de su hoy famoso amigo de juventud, en compañía de una segunda entrega que le hace llegar por correo. Walker está muy enfermo, Freeman se interesa por la historia y planea viajar desde Nueva York a California para verlo. Pero, antes del viaje, Freeman nos deja que leamos esa segunda parte de la historia walkeriana en algo tan poco frecuentado (por las enormes dificultades técnicas que conlleva) como la segunda persona narrativa. Un relato en “tú” en el que Walker nos cuenta con pelos y señales su relación incestuosa con su hermana Gwyn y el peso de la ausencia del hermano Andy, muerto. Pelos y señales, digo, por su sexo tan explícito que hará de páginas como la 113 las delicias de los voyeurs vergonzantes.
En la tercera parte, que bautizaré como La confesión, Freeman llega a California demasiado tarde: Walker ha muerto, pero su hija le entrega unas Notas para Otoño que Adam había preparado para continuar su novela. James las rehace y se coloca como narrador en tercera persona: “Walker llega a París…”. Es un capítulo en el que Adam trama su venganza contra Born, urdiendo confesarle a la nueva prometida del profesor agente y a Cécile, la hija de ella, que su futuro esposo y padrastro fue un criminal, en medio de especulaciones sobre la moralidad del asesino. Con, también, mucha nueva cocina y mucha descripción minuciosa de miradas y gestos entre la prometida y la hija y De Born y Adam, nuestro hombre acaba confesando lo que ocurrió en aquella noche neoyorquina con el ladronzuelo, al objeto de espantar a las dos mujeres y hacer penar a Born. Le sale el tiro por la culata: no le creen, Born le prepara una trampa con droga por medio, lo exilian de Francia por vía de urgencia y sin posibilidad de regreso, lo separan de todo lo que le unió a la aciaga noche del crimen, de la posibilidad de redimirse.
Han pasado muchos años, es la cuarta parte, quizá La isla, y James Freeman se encuentra con Cécile, cincuentona desdejada, que le ofrece un diario sobre un postrer encuentro con Born. El tipo se ha autodesterrado a una “paradisiaca” isla del Caribe, Quillia, a la que viaja Cécile y en donde su anfitrión, ya enloquecido, le propone matrimonio, desvaría, miente (como lo ha estado haciendo durante toda la novela), se enfurece y acaba expulsando Cécile, que es quien nos lo cuenta en primera persona. El final de la novela, las tres últimas páginas, hay que leerlas, no contarlas…
En un universo narrativo, pues, limitado (a fin de cuentas, un asesinato y sus consecuencias), Auster dicta una lección virtuosa sobre literatura. Dicta lección sobre las personas narrativas: Walker, Freeman, el “tú” de Walker, Cécile… Dicta lecciones sobre los recovecos de la moral, la culpa, el bien o el mal, pero lo hace a través del comportamiento y las palabras de sus personajes, no metiendo baza y, por lo tanto, moralizando como un clérigo. Dicta lecciones, las que menos me gustan, sobre cocina, bebidas y sexo; tales innecesarios condimentos me estropean el plato literario con que si el pene aquí, el clítoris allá o el canard no sé cómo: gajes de la posmodernidad. Dicta lección sobre cómo se trabaja el truco del “manuscrito encontrado” (aunque ya Cervantes dio la lección magistral y definitiva al efecto) en la novela actual, tras tantos fraudes, tras tantas noveluchas de gran tirada que la traen (a esa técnica y a sus templarios, masones, monjes medievales: ¡basta!) tan por los pelos. Y dicta un homenaje al grandísimo Conrad en sus párrafos finales. La novela de un virtuoso que ya sabe todo sobre el contar. Lo suficiente para recomendarla con viveza.


