El albaricoque en la carretilla
Escrito por Antonio Rico el 1/16/10 • En la Categoría Historia, Saberes
Chiara Frugoni hace inventario de todo lo que le debemos al Medievo en ‘Botones, bancos, brújulas y otros inventos de la Edad Media’
¿Qué le debemos a la Edad Media? Haber servido de inspiración para todas esas maravillosas películas ambientadas en la corte del rey Arturo o en el bosque de Sherwood. Vale. ¿Y qué más? Gracias a la Edad Media podemos decir de algo que no nos gusta que es “medieval”. ¿Y qué más? Si no fuera por la Edad Media, Umberto Eco no podría haber situado en esa época su novela El nombre de la rosa, protagonizada por un Sherlock Holmes franciscano, un bibliotecario ciego y la única copia existente del segundo libro de la Poética de Aristóteles. ¿Sólo eso? ¿Nada más que una excusa para ver a Errol Flynn vestido de verde interpretando a Robin Hood, una injusta forma de referirse a prácticas que poco tienen que ver con la Edad Media y un decorado para una aventura detectivesca en una abadía? Qué va.
¿Qué le debemos a la Edad Media? Las gafas, el papel, el libro, la imprenta de caracteres móviles, la universidad, los números árabes, el cero, la fecha de nacimiento de Cristo, la banca, notarios y montepíos, el árbol genealógico, el nombre de las notas musicales, los botones, las calzas, los cristales en las ventanas, la chimenea, comer con el tenedor, los molinos, la herradura, el estribo, el collar rígido para el caballo, la carretilla, la brújula… Y el purgatorio. No está mal para una época oscura, deprimente, fanática, inculta y brutal. La medievalista italiana Chiara Frugoni repasa con erudición, elegancia y alegría todos esos inventos medievales, y algunos más, apoyándose en preciosas ilustraciones y en la complicidad intelectual del lector.
Si los textos iluminan, las imágenes deslumbran. Frugoni explica, por ejemplo, la iluminadora historia del inventor desconocido de las gafas (durante mucho tiempo atribuidas al florentino Salvino degli Amati), pero las deslumbrantes imágenes del cardenal Nicolò de Rouen con una lente de lectura (el antepasado de las gafas) en la mano en un fresco de 1352 y del cardenal Ugo di Provenza con las gafas bien sujetas a la nariz en un fresco de la misma época nos empujan a la Edad Media con la misma naturalidad con la que el verano sigue a la primavera. Las páginas de Botones, bancos, brújulas y otros inventos de la Edad Media están llenas de inventos medievales, de palabras que iluminan y de imágenes que deslumbran.
No sabría con qué invento medieval quedarme. Creo que los frioleros se quedarían con la chimenea. Los romanos, que tenían refinados sistemas de calefacción pública en las termas, no tenían chimeneas en las casas. A partir del siglo XIII, en cambio, Frugoni dice que podemos imaginar leña crepitando en las chimeneas de edificios privados de personas riquísimas, aunque habrá que esperar al siglo XIV para encontrar chimeneas en las casas de personas acomodadas y conformarse con lamentar que siempre faltara en las viviendas de los campesinos, condenados —ay— a calentarse en medio del humo. Los estudiantes preferirán el invento de la universidad, sobre todo porque los estudiantes medievales no dedicaban todas las horas a aprender, sino que pasaban mucho tiempo en las tabernas, bebiendo, jugando a las cartas, en riñas o frecuentando a mujeres de mala vida. Seguro que los religiosos tendrían en cuenta que la fecha del nacimiento de Cristo es resultado de un cálculo (equivocado) de un monje medieval; y que el purgatorio, donde se podían pagar los pecados menos graves, es un espectacular a la vez que sutil invento teológico que liberó a los hombres de los terrores del infierno.
Los amantes de la tecnología preferirán el invento del tiempo laico, que nació cuando los grandes relojes públicos (los primeros relojes no tenían ni cuadrantes ni manecillas, y se limitaban a dar las horas) pasaron del campanario a la torre del palacio municipal. Los seguidores de Arguiñano se fijarían en que la Edad Media es la época en que se difundieron la pasta, una comida típicamente medieval, y el tenedor, que era el instrumento adecuado para ensartar una comida caliente y resbaladiza. A los interesados en los aspectos militares les deslumbrará la revolución “mental” que produjo la utilización de la pólvora, que hizo posible que un cualquiera ignorante de las tácticas de la guerra pudiera mandar al otro barrio a todo un caballero que dedicó toda su vida a un largo entrenamiento para manejar la lanza y la espada. Un agricultor elegiría sin duda el invento del collar de cruz, que, fijado en torno al pecho del caballo y no alrededor de la garganta, permitía al animal tirar fácilmente del arado o de cargas pesadas. Un marino votaría por la brújula o el timón giratorio. Y un niño por la sirena-pez (la nueva sirena que en la Edad Media sustituyó a la sirena-pájaro) y por San Nicolás (o sea, Papá Noel).
Pero yo me quedo con el invento de la carretilla, una sencilla herramienta que alivió la fatiga y el sufrimiento de los hombres. Y con los albaricoques, el único fruto que Occidente sacó de las Cruzadas. La próxima vez que transporten albaricoques en una carretilla, acuérdense de la Edad Media.

