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El machismo de Woody Allen

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Un ensayo del catedrático Celestino Deleyto concluye que la obra del cineasta neoyorquino proyecta una visión maniquea de la mujer
Escena de El dormilón (1973). El personaje que interpreta Diane Keaton pregunta al que hace Woody Allen (si es que el director ha hecho diferentes papeles en sus películas) en qué cree si no cree en el amor, el ser humano ni en Dios. Y Woody dice que cree en el sexo y la muerte, “la diferencia es que después de muerto no sientes náuseas”. Este chiste de una película menor es uno de los que mejor resume el pensamiento del cineasta, según un especialista en su obra, Celestino Deleyto, autor del libro Woody Allen y el espacio de la comedia romántica, que acaba de publicar la Filmoteca de Valencia. “Reúne sus preocupaciones principales y su sentido del humor”, dice sobre la escena.

El catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Zaragoza, especialista en comedia romántica, ha analizado seis películas del cineasta —desde Hannah y sus hermanas (1986) a La maldición del escorpión del Jade (2001)— y responde sin dudas que sí, que Allen es un director “machista”. En sus filmes de los setenta, explica, está el machismo “dulcificado” del hombre que no se sabe adaptar a la liberación de la mujer. “Incluso físicamente es un muy buen exponente de lo que se llamó la crisis de la masculinidad”. Todo ello desemboca, continúa, “en una visión de la mujer a veces maniquea”. Se refiere a la representación de las guapas como tontas e ingenuas y las intelectuales como “locas e histéricas”. “No diría que es un retrógrado, pero sí un pequeño machista”, sentencia.

En todo caso, Allen es un director complejo, añade, y si hay filmes donde este discurso encaja perfectamente (incluso hay algo de ello en el último, Si la cosa funciona), hay otros que parecen contradecirlo, como Alice o incluso Vicky Cristina Barcelona, un contrapunto donde da voz al pensamiento femenino.
Reflejo del cambio en el amor
¿Y cree en el amor? “No sé si él cree, pero sí que creo que sus películas giran en torno a las inquietudes de hombres y mujeres en relación al amor; son un reflejo potente de la transformación del concepto de amor en la sociedad”. Así, de echar de menos la visión tradicional romántica (Annie Hall) pasa por momentos de escepticismo (Delitos y faltas, Maridos y mujeres) y una pérdida gradual de la esperanza.

Deleyto, admirador confeso de Allen —“me gusta mucho su actitud cómica hacia el mundo”—, destaca su “profundidad, complejidad y riqueza cinematográfica, que no se ha sabido ver”. Un director “clave”, remata.

Pero no profeta en su casa, los Estados Unidos. En todo caso, el profesor considera que la importancia cultural de Woody Allen es reconocida “más por la gente de fuera del cine”. A los de dentro, “dejó de interesarles y desde Annie Hall y Manhattan su repercusión es limitada, nunca está en las listas de mejores películas de las últimas décadas”.

Aun así, Deleyto subraya la buena acogida de Si la cosa funciona cuando Allen lleva más de cuarenta años rodando.

Hay esperanza en los jóvenes, afirma, aunque también sigue gustando “porque el panorama cinematográfico es bastante desolador”.

En todo caso, Allen es un “icono del siglo XX” especialmente por “su manera de captar la naturaleza humana a través de los chistes”, dice. También una referencia de la posmodernidad cinematográfica y una referencia ineludible, asegura, para el “cine independiente confesional” de los años 90. Incluso, añade, para series actuales como Sexo en Nueva York.

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