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El cine se ve mejor con gafas

faNo sólo es la película más taquillera de la historia tras desbancar hace unos días a la insumergible Titanic, dirigida por el mismo James Cameron que se proclamó rey del mundo y del mambo bajo una lluvia de Oscars. Es, también, el clavo ardiendo al que el cine se aferra para recuperar la capa que durante cuatro años tuvo una caída libre. Avatar es la palabra clave, la punta de lanza (o de iceberg, si nos atenemos a los créditos anteriores de su megalómano creador) que arroja una luz de esperanza a los alicaídos despachos de Hollywood. La taquilla de 2009 fue espectacular a pesar de la crisis y de lo caro que está el cine (sobre todo si se va a con la familia al hombro), y la película en 3D de Cameron tuvo buena parte de culpa, pero, en el caso español, hay que sumar también el tirón de algunos títulos nacionales que lograron números poco habituales y que contrastan con las raquíticas recaudaciones del grueso de la cartelera española: Ágora, Fuga de cerebros, REC 2, Celda 211 o Spanish movie no cayeron en saco roto y superaron con creces las expectativas comerciales.

Empecemos por el 3D: la gran duda que se cierne sobre este inesperado regreso del público a las salas, invocado por tecnologías que no deben tener miedo a la piratería (¿tiene sentido ver Avatar en pequeña pantalla y con copias —en el mejor de los casos— deficientes?) es si estamos ante un boom pasajero que perderá su encanto cuando la gente se acostumbre o si Hollywood será capaz de mantener en vilo a las audiencias con proyectos que conviertan las pantallas en un remedo del parque de atracciones. No es la primera vez que la industria norteamericana reaccionó con armamento tecnológico a la llegada de enemigos que ponían en peligro su supervivencia, especialmente la televisión. Ensanchar la pantalla con cinemascope o panavisión en los años cincuenta y sesenta, o dar el protagonismo a los efectos especiales en cintas de catástrofes en los setenta fueron algunas de las barricadas formadas alrededor de las taquillas para defenderse de los invasores.

Todo eso ya está superado (incluido el Imax, que ya no es la novedad impactante de sus inicios) y se incorpora un ingrediente que antes no se daba: el apagón de las estrellas. Los astronómicos sueldos de los actores de Hollywood están en entredicho porque pocos, y no siempre, garantizan una recaudación acorde con lo que cobran. Un pastón que luego no tiene efecto especial en taquilla. Avatar, en ese sentido, da respuesta a esa crisis de ganchos de carne y hueso: pronto los actores podrán ser creados por ordenador con la misma precisión y naturalidad con la que se generan paisajes o criaturas fantásticas.

Una recaudación de 675 millones de euros en los cines españoles en 2009 significa un 9% más que en el ejercicio anterior y la venda a una herida que llevaba abierta cuatro años. De 107 millones de espectadores a 110. Y 2010 tiene buena pinta porque el 3D ya es una realidad que avanza a planos agigantados.
Con 225 salas en 3D y un aluvión de estrenos en lista de espera, es lógico que muchos se froten las manos y que haya carreras para ponerse al día. A pesar de ser una tecnología que empezó a experimentarse hace décadas y que nunca llegó a despegar, los esfuerzos en los últimos años de gente como Robert Zemeckis y Cameron (Steven Spielberg y Peter Jackson ya se han puesto las pilas)  han hecho posible que ahora sea la locomotora que tire del cine cuando ya parecía que estaba llegando a su última estación. Los optimistas subrayan que, siendo un invento antiguo, aún tiene mucho camino por delante que recorrer, y el principal no es precisamente una broma: hacer posible la desaparición de las gafas, que, a pesar del gran avance que han tenido para sustituir las vetustas de cartón, aún siguen siendo un punto de incomodidad.

¿Salvación del cine o salvación de las salas de exhibición? Está claro que no todas las películas sirven para el 3D (¿qué aportaría ese formato a La cinta blanca, de Haneke, o al El secreto de sus ojos, salvo distracción perjudicial para el sentido dramático de la película?) y saturar las pantallas acabaría por impermeabilizar al espectador. El 3D no garantiza que una película vaya a arrasar en taquilla, pero los exhibidores no tienen por qué limitarse al séptimo arte, sino que podrán ofrecer conciertos o espectáculos deportivos.
Otro asunto peliagudo: el 3D es maná momentáneo made in Hollywood. Es decir, que sólo los dueños del dólar están preparados para usar una tecnología carísima y sofisticada. ¿Cine español, europeo o chino en 3D? Está claro que el combate seguirá siendo desigual durante mucho tiempo; y si deja de serlo, quizá para entonces el 3D ya sea historia.

No conviene olvidar que Avatar ha llegado precedida de un despliegue publicitario descomunal, arropando la idea de que la película reinventaba el cine (falso), ofrecía un espectáculo grandioso (cierto) y quien se la pierda no está en la onda (cierto y falso a la vez). El argumento era lo de menos (de hecho es lo peor de la cinta con diferencia), el reparto no tiene ninguna incidencia en la taquilla y es la magia sacada de la chistera informática la que mantiene embelesado (o aburrido) al espectador. ¿Ocurrirá lo mismo con todas las películas hechas en 3D o algún cineasta osará dar un paso adelante para que el formato no devore todo lo demás?

Hasta ahora, el 3D es patrimonio exclusivo de la gran pantalla. Vamos, que hay que rascarse el bolsillo, pasar por caja y ponerse las gafas para disfrutarlo. Pero la televisión en 3D está a la vuelta de esquina y en breve comenzará la comercialización de aparatos con esa tecnología. Aún está en mantillas y hacerse con un aparato costará un ojo de la cara, pero el tiempo abarata que es una barbaridad. Hasta entonces, las salas tendrán la oportunidad de sacarle todo el partido posible a las imágenes tridimensionales. ¿Qué sucederá cuando éstas dejen de ser un reclamo goloso para el espectador ávido de emociones fuertes y que acude a la sala con un espíritu similar al que invoca un parque de atracciones? Frente a semejante invasión de mastodontes audiovisuales, el cine independiente, el cine de estrella o el cine culto lo tiene crudo. Y si los próximos Oscars vuelven a revalidar la corona de Cameron, más crudo aún.

Pero el 3D no es la única explicación que se puede encontrar a la recuperación de público de sala. El cine español, metido en trifulcas de todo tipo y condición, ha tenido también una buena parte de culpa en ello. Vapuleado con frecuencia por muchas voces públicas y privadas (que en muchas ocasiones hablan de oídas porque no van a ver películas españolas ni gratis), el cine nacional ha aportado una serie de títulos con excelentes resultados en taquilla, y en algunos casos (Ágora, Celda 211) plantando cara a Hollywood.
Ágora, por ejemplo, sacó 21 millones de euros (casi la mitad de lo que costó) y atrajo a 3,4 millones de espectadores, a pesar de que la crítica fue en general bastante cítrica. Planet 51, la propuesta de animación made in Spain con la que se intentó conquistar el mercado internacional, se llevó 1,8 millones, mientras Celda 211, el título que hace honor a la vigencia del boca a oreja como promoción barata e infalible, recaudó 9 millones de euros siendo una obra en la que manda la historia sobre la tecnología y los actores (¿Luís Tosar diseñado por ordenador?, ¡por favor!). Sumemos la buena o aceptable acogida a cintas de géneros seguros como la comedia adolescente (Fuga de cerebros, Pagafantas), el terror visceral (REC 2), la parodia desbocada (Spanish movie) o el Almodóvar desaforado (Los abrazos rotos) y encontraremos la razón de la buena nueva.

¿Qué pasará en 2010? De momento, todo va sobre ruedas. Sólo en los primeros veinte días de enero se superaron los ocho millones de espectadores, dos más que el año pasado.

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