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Realismo abstracto

‘Caricaturas republicanas’ reúne los dibujos de Luis Bagaría de personajes conocidos a los que construyó su mejor leyenda gráfica
Imagen bagariaLuis Bagaría (Barcelona, 1882-La Habana, 1940) fue un elemento destacado —o un destacado elemento— de la generación de José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, aquellos jóvenes del novecientos que miraban más allá de las fronteras propias y el costumbrismo del que habían hecho gala sus antecesores del noventayocho; elegantes, universitarios, conocedores de idiomas, miraban un poco por encima del hombro el casposo apolillamiento de todo lo que los había precedido. Sin embargo, Luis Bagaría no parece ajustarse demasiado a ese perfil, sobre todo si nos atenemos a la descripción puntiaguda y cariñosamente irónica que de él hizo el crítico Juan de la Encina en 1917: “Es varón de rara ignorancia, pero de una intuición, de una perspicacia y una vista que maravillan. Él, como saber, lo que se llama saber, no sabe gran cosa, y, sin embargo, lo sabe todo. Ya podéis echarle doctores sapientísimos. Conversará con ellos con el mismo aplomo y agudeza sobre todo lo humano y lo divino como si él fuera más sapientísimo doctor que todos ellos. Hay quien sospecha que Bagaría no ha cursado siquiera las primeras letras. Esto es algo exagerado. Porque si bien es cierto que no ha cursado siquiera las primeras letras castellanas, también es rigurosamente verdad que en letras catalanas, o extranjeras traducidas al catalán, él ha debido, a no dudarlo, hacer algunos estudios, pues muy a menudo se le ve citar autores de tanta monta como Sófloques, Ibsen, Joan  Maragall y hasta el Dr. Turró…”. Era intuitivo, y también moderno; de una modernidad que tomaba los rasgos externos de la vanguardia prescindiendo de sus cacareos.

A su pluma asomaron todos los importantes literatos y políticos de su tiempo. En estas páginas que recopila José Esteban —con entretenido y exhaustivo prólogo— se ven, se miran, se admiran multitud de ellos: Manuel Azaña, los hermanos Quintero, Melquíades Álvarez, Julio Camba, Indalecio Prieto, Ramón y Cajal, Santiago Rusiñol, Eduardo Dato, Federico García Lorca —se recoge la curiosa entrevista que Bagaría le hizo para El Sol en junio de 1936—, Ortega, Azorín, Baroja, Valle-Inclán… De todos ellos, como escribió Unamuno refiriéndose a sí mismo, creó lo mejor de su leyenda gráfica. Por su pluma pasó también Ramón Pérez de Ayala, quizá el crítico que mejor supo penetrar en la dialéctica del arte de Bagaría: “Parece un arte arbitrario —dijo—, y, sin embargo, es un arte apretadamente adscrito a la realidad”, lo que supone descubrir con palabras sencillas ni más ni menos que la esencia del estilo Bagaría, un hombre que era capaz de prescindir de todos los rasgos de la cara, como hizo, por ejemplo, al retratar a Gómez de la Serna con sólo dos grandes mofletes y una pipa. Utilizaba lo personal, lo anecdótico, y lo convertía en categoría artística captando lo esencial del personaje; y lo mismo hacía con la realidad política y social del momento, con los dibujos en que se metía con la monarquía y con la dictadura o en los que celebraba la llegada de la república, en los que lamentaba la guerra y disminuía a Franco frente a Hitler y Mussolini. La llamativa grandeza del caricaturista Bagaría está precisamente en que un hombre con un estilo completamente moderno, vanguardista, de trazos finos hasta la abstracción absoluta, es muy capaz de penetrar la realidad como si tuviera rayos X en los ojos. Lorca le había dicho en la entrevista que le hizo para El Sol que el “concepto del arte por el arte es una cosa que sería cruel si no fuera, afortunadamente, cursi. Ningún hombre verdadero cree ya en esta zarandaja del arte puro, arte por el arte mismo”. Bagaría ya lo sabía.

Luis Bagaría inicia su carrera como caricaturista desde principios de siglo, pero no será reconocido por el público hasta que vuelto de su aventura por México y Cuba recala en 1912 en el periódico La Tribuna, donde ilustrará los escritos de Tomás Borrás. Desde entonces su carrera despegará impulsada por el entramado empresarial progresista que formaban Urgoiti-Ortega, sobre todo con su incorporación, en 1917, a la plantilla del periódico El Sol. De sentimiento político republicano ingresará en el Partido Socialista en 1920. En sus caricaturas ataca sin piedad los tres pilares básicos de la España de la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera: la aristocracia, el clero y el Ejército; sin olvidarse, por supuesto, de una viciada clase política —muy celebrados serán los retratos de Romanones, con una nariz portentosa—. Con la llegada de la II República irá identificándose cada vez más con las posturas de Manuel Azaña y como propio sentirá el revés electoral de 1933. Llega la Guerra Civil —en la que pierde un hijo en el frente de Aragón— y se traslada a Barcelona para seguir después el amargo camino del exilio. Recalará primero en París para poner su firma en publicaciones como el semanario La Voz de Madrid, que allí hacen los españoles. Después, ocupada Francia por los alemanes, Bagaría embarca junto a su mujer hacia América siguiendo al hijo que le queda y a su nieta. Lo que debía ser un largo exilio se convirtió en unas cortas vacaciones porque muy pronto dejó de latir el maltratado corazón de quien jugó a la bohemia toda su vida. Fue en La Habana, el 26 de julio de 1940, cuando contaba 58 años. Atrás dejaba su intuición, su mordacidad, su claridad, sus aceradas críticas, sus dibujos, su vida.

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