Vigor y porno
Una obra menorísima de la ola escandinava que nos destroza la paciencia y una novela estupenda de Leonardo Sciascia
Qué lástima me da el poco vigor de Matias Faldbakken al escribir una novela sobre vigorosos actores porno, y qué alegría la viveza de Leonardo Sciascia cuando cuenta el calvario de la memoria. Tusquets acaba de recuperar la novelita (dos horas de lectura) en que el maestro siciliano relata la historia real de un hombre que aparece desmemoriado, errático, perdido y ladrón en un cementerio, y al que identifican en un principio con un conocido profesor, desaparecido tiempo atrás. Todo parece cuadrar, sobremanera la insistencia de su presunta mujer, y el hombre sin nombre se apropia de esa identidad. Sin embargo, otras pruebas lo descubren no como un intelectual, sino como un delincuente común perseguido por la policía. Se entablan juicios, que apasionan a la opinión pública italiana de los últimos años veinte del siglo pasado, se acumulan pruebas en uno y otro sentido, pero las cosas van indicando que, en definitiva, es el estafador y no el miembro de claustro alguno. El protagonista se aferra, no obstante, a la identidad cómoda, la que le cubre de un ingreso en la cárcel, y niega y niega la que lo señala como el timador. ¿Cómo cuenta Sciascia tan atrayente historia sobre el viejo y recurrente tema del aparecido amnésico? Con vigor y rigor. Con una prosa viva, directa, periodística, clara, sin aparato de falsa estética alguno; además, con información de todos los pormenores del caso, ofreciéndolos (he ahí la maestría) tan dosificados cronológicamente como fueron apareciendo en la prensa de aquellos años, para que el lector continúe con la ilusión de que va sabiendo los detalles a la vez que el narrador. Pero El teatro de la memoria avanza un paso más. Mano a mano con las concepciones de Pirandello sobre la identidad y la vida como representación, Sciascia eleva la anécdota de Giulio Canella / Mario Bruneri a la categoría de reflexión sobre cómo cualquiera de nosotros construye su pasado mediante una memoria engañosa, oportunista y en todo selectiva. Creemos ser lo que recordamos, pero somos lo que creemos recordar. De ahí que el eterno juego de ser otro (siempre Don Quijote) resulte una tentación irresistible cuando las circunstancias nos lo ponen en bandeja y no hay testigos que nos desmientan. Acción, pensamiento, dudas, enigmas… en apenas 100 páginas. No se necesitan más, para que el impacto en el lector perdure y no lo canse. Estupenda novela.
Por el contrario, esa cosa que se titula Cocka Hola Company y se vende en formato de libro es un artefacto medio porno y profundamente estúpido. Víctimas como somos de la ola escandinava que nos destroza la paciencia con tanta novelita menorísima, seguro que a tal engendro hasta le acaban haciendo película. El autor, danés, afirma en la solapa del chisme ese que lo escribió (es un decir) para llegar “a un público más amplio y menos concreto”, pleonasmo que ya nos indica cómo tiene de clara su dicción el señor Faldbakken. Es, al parecer, una novela pop y su autor el no va más de lo pop. Según eso, lo pop es escribir muchas mayúsculas, mayúsculas a tope (véanse las páginas 176 y siguientes) y párrafos de inicio de capítulo como el siguiente: “Tiptop está en el Al Mafar’s y se rasca la entrepierna cuando llega a la altura de la barra turca, al tiempo que le pide a Fazil un börek glaseado con bacterias intestinales”. Lo pop debe de ser perpetrar páginas tan memorables y minuciosas como las 290 y 291, que no reproduzco aquí para que el lector corra a las librerías a saciar su curiosidad… y me persiga luego por las calles a gorrazos. Lo pop, en definitiva, lo sintetizo en este fragmento: “Oh, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada…”, piensa Simple. “Mierda, mierda, mierda, mierda, shit, shit, shit, mierda, shit, mierda, shit, shit, shit, mierda, oh, shitshitshitshitshit” (página 373, por si quieren proseguirlo). ¿De qué va? Ni me acuerdo. De algo de unos vigorosos actores porno que no sé qué les pasa con no sé qué empresa, creo. Y tiene casi 500 páginas la broma, con lo que les dejo, para dedicarme a escribir novelas pop (mal se tiene que dar para que no me salga una cada quincena), firmarlas con un apellido escandinavo, acceder a los círculos más exquisitos de la tontería y forrarme de una vez.


