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El misterio de Romasanta

romasantaEl del ourensano Manuel Blanco Romasanta, nacido hace 200 años, figura en los archivos judiciales como el único caso de licantropía registrado en España
Manuel Blanco Romasanta debió de morirse creyendo que era un hombre lobo, pero el caso es que ni siquiera hoy puede determinarse en qué momento ni bajo qué circunstancia falleció: unos especulan que se suicidó en la cárcel y otros apuntan que se murió de viejo en prisión, en contra del veredicto del juez instructor del proceso,  Quintín Mosquera, quien lo había sentenciado a morir en el garrote vil basándose en las conclusiones  del equipo que se encargó de realizarle un estudio de personalidad, equipo constituido por cuatro médicos generales y dos cirujanos, los cuales dictaminaron que el acusado no era idiota, ni loco, ni monomaníaco, ni imbécil… y que sabía distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo deshonesto…

Según el investigador Cristo Marcelino, en estudios realizados con posterioridad y ya con la psiquiatría más avanzada, se diagnosticó que Romasanta era “un esquizofrénico paranoide afectado por un delirio de transformación en el que subyace un sadismo zoofílico”. Eso, en términos etimológicos, se llama licantropía, que en su acepción más científica se aplica a aquellos pacientes que “creen que son, o se han transformado en un animal y se comportan de acuerdo con ello”.

El de Romasanta todavía figura en los archivos judiciales como el único caso de licantropía registrado en España, y su sumario está formado por más de dos mil páginas en las que se narran auténticas atrocidades. Tanto es así, que la nueva película que aborda el mito del hombre lobo,  estrenada este fin de semana protagonizada por Benicio del Toro, casi podría tomarse como una versión light de la historia de los crímenes y horrores de la de Romasanta, sólo que la de éste gallego fue verdadera, y no un producto de la imaginación, ni siquiera de la leyenda, al menos por lo que concierne a los hechos probados y comprobados: los asesinatos de más de una docena de personas.

Nacido en noviembre de 1810 (algunas biografías lo datan en 1809) en la aldea ourensana de Requeiro, Manuel Blanco empezó a creer que no era una persona normal desde muy joven. Así se desprende de su propio testimonio, recogido en el sumario de su proceso: “Yo fui víctima de una maldición familiar que me convirtió en hombre lobo —relataba Blanco Romasanta ante el juez, el secretario,  su propio abogado y los guardias civiles que lo custodiaban—. La primera vez que me convertí en lobo fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes de aspecto feroz y, de pronto, me caí al suelo, sentí convulsiones, me revolqué sin control y a los pocos segundos yo también era un hombre lobo”.

Manuel incluso llegó a poner nombres a sus dos compañeros “que sufrían una maldición como la mía”, dos “valencianos” que según él se llamaban Antonio y Genaro, aunque de ellos nadie nunca supo nada.
Estupefactos, los testigos de la confesión de Romasanta llegaron a escuchar que “durante mucho tiempo salí con Antonio y Genaro: atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre”.
Ante la pregunta del juez sobre si recordaba esos actos, el ourensano contestó: “Sí, todos, pero desde el momento en que me convertía en lobo mandaba en mí el instinto animal. Y así sentía el instinto y el hambre de carne humana. Cuando volvía a ser hombre, sentía cierta lástima, pero nada podía hacer”.
Basándose precisamente en esta confesión, el abogado de Romasanta, Jacinto Paz, intentó convencer al magistrado con un argumento que, a día de hoy,  suena completamente lógico y convincente, es decir, que su defendido era un psicótico, un loco, un ser que se creía un hombre lobo, achacando su estado mental a “una mala educación y un mal entorno sostenido por burdos cuentos populares y rudas creencias”.

Paradójicamente, esta misma confesión servía a los partidarios de la sentencia de muerte para llegar a la conclusión contraria: había que matar a Romasanta no ya sólo por sus crímenes, sino también por lo que era: un hombre lobo.

Jacinto Paz, que en primera instancia perdió el proceso, consiguió no obstante salvar la vida de su defendido, pues fue él quien hizo llegar a Isabel II una misiva enviada por un hipnotizador francés llamado Philips que, al tiempo que solicitaba examinar al acusado para someterlo a hipnosis, le hacía saber que estaba convencido de que si la sentencia se llevaba efecto, la Reina iba a caer en el ridículo de “hacer ejecutar a un loco a la luz de todo el mundo”. Philips estaba convencido de que Manuel no controlaba sus actos y de que no era capaz de distinguir el bien del mal, pero se ignora si llegó a examinar alguna vez en persona al “lobishome” galaico.

Acusado de trece asesinatos (la mayoría, mujeres) y de antropofagia (comerse a sus víctimas), el caso Romasanta llega hasta nuestros días envuelto en las brumas de la Galicia profunda, pero también recopilado en cinco tomos depositados en el Archivo del Reino de Galicia, en A Coruña, en cuya portada aparece el epígrafe Licantropía. Allí se pueden leer testimonios de presuntos testigos que sostenían lo siguiente: “…esta persona llevaba con mentiras y engaños a mujeres y niños con él, después los mataba, les sacaba el sebo o el unto, y lo vendía, con excesivo lucro, en Portugal”.

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