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Saga gallega en Manhattan

La Casa Moneo | La Opinión

Pudieron ser alemanes, irlandeses o italianos. Aparecen retratados en frente de sus edificios y negocios, los monumentos de Nueva York, y los Fords y Chryslers que habían comprado o adquirido prestados. Muchos de ellos eran jornaleros y marinos mercantes antes de trabajar en la hostelería o la construcción. Algunos crearon auténticos imperios de importación y exportación. Otros aparecieron en los escenarios de Broadway y Hollywood con apellidos ingleses e irlandeses, mientras que un grupo de privilegiados estableció su legado como escritores y periodistas, arquitectos e ingenieros, científicos y médicos, y profesores y académicos.
Lo que distingue a estos inmigrantes españoles en Nueva York, cuya mayoría fue gallega, de otras inmigraciones europeas es su proximidad a la cultura iberoamericana. Pero a pesar de que los estudios de algunos demógrafos afirman que uno de cada tres neoyorquinos pronto hablará español, la historia de estos pioneros españoles sigue siendo desconocida.
“Cuando los estadounidenses piensan en los españoles de las Américas, solo se fijan en la época imperial de los conquistadores y frailes”, dijo James Fernández, el conservador de la primera exposición fotográfica de inmigrantes españoles en Nueva York. Según su investigación, más españoles cruzaron el Atlántico hasta las Américas entre 1880 y 1930 (aproximadamente 4 millones de inmigrantes) que durante todo el período colonial entre Colón y 1880.
Fernández explicó que cuando España perdió los últimos vestigios de su imperio planetario, los lazos entre Estados Unidos e Iberoamerica se fortalecieron. Decenas de miles de cubanos, puertorriqueños y españoles acudieron a Nueva York en las primeras décadas del siglo XX cuando la ciudad emergió como la capital económica de un nuevo imperio global. En 1930 había 110.000 hispano-parlantes censados en la ciudad, de los cual casi 23.000 eran españoles. La cifra de españoles creció a más de 27.000 en 1960, pero una encuesta del censo en 2007 indica que con la disminución de la inmigración española a Nueva York, este número ha bajado a solo 13.000.

Los hispano-parlantes en Nueva York

Celebración del Santiago Apóstol por las calles de Nueva York l La Opinión

Nueva York siempre ha tenido una representación hispana desde su etapa como colonia holandesa, cuando acudían exploradores y marineros españoles, judíos sefarditas, y comerciantes del imperio español. El libro del gallego-argentino Claudio Iván Remeseira (Hispanic New York: A Sourcebook) destaca como en el siglo XIX Nueva York se convirtió en el destino principal para los revolucionarios latinoamericanos que buscaban apoyo político y económico para independizarse de España. Esto fortaleció la relación entre la ciudad y las nuevas repúblicas, que aportaron las primeras oleadas de inmigrantes hispanos para trabajar en las fábricas de tabaco, y otros comercios e industrias. A comienzos del siglo XX, los cubanos y los españoles que emigraban desde Cuba a Estados Unidos se convirtieron en las colonias hispano-parlantes mas grandes de la ciudad. Solo fueron superadas por la ola creciente de puertorriqueños que obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1917. Y décadas más tarde, Nueva York sería un auténtico microcosmo Iberoamericano, con olas masivas de dominicanos, mejicanos, colombianos, ecuatorianos, y otros hispano-parlantes.
Las primeras generaciones de inmigrantes españoles en el siglo XX se establecieron en cuatro enclaves en Manhattan (al sudeste cerca del puente Manhattan, en la calle 14 al lado del río Hudson, Washington Heights y East Harlem) y una en Brooklyn (cerca del East River entre Red Hook y Brooklyn Heights). Pero a finales del siglo, la mayoría de esas colonias ya habían desparecido. Los hijos y nietos de esos inmigrantes se habían dispersado hacia las afueras de Manhattan en Queens, Long Island y Nueva Jersey; y otros incluso se desplazaron más lejos a Florida y California. Ya solo quedaban las historias o los rumores de una época dorada cuando los cafés, restaurantes, y negocios de esas colonias le permitían a un expatriado sentirse español.

Memorias de una colonia desaparecida

Boda de Rosita Cuadrado y Avelino Castaños en la calle 14 | La Opinion

La familia de mi padre se asentó muy cerca de la colonia de la calle 14, conocida afectivamente por los inglés-parlantes como Little Spain. Cuando yo era niño a principios de 1980 aun quedaban algunos vestigios de aquel barrio – la carniceria de mi tío conocida como La Ideal, la barbería O Grove, la Casa Moneo donde mis padres compraban música y revistas españolas, el centro español La Nacional, y algunos restaurantes. También estaban las librerías Macondo y Lectorum que eran posteriores a la colonia española. Estos lugares eran mi única referencia de España en un barrio cuyo perímetro estaba fijado para mi entre las calles 14 y 23 de sur a norte, y las avenidas quinta y octava de este a oeste. Mi familia, como muchos neoyorquinos de aquella época, vivía en un territorio compacto donde las escuelas, las tiendas, el médico y la farmacia, la iglesia, el banco, mis tíos Pepe y Josefa, y todos los amigos de mi infancia estaban al alcance de unas manzanas. Cualquiera excursión fuera de este territorio adquiría para mi la dimensión de un viaje al mas allá. Pero ninguna frontera marcó mi identidad más que la puja para asimilarme como americano y el esfuerzo de mi familia para conservar su lengua y cultura.
Nosotros éramos una de las pocas familias en el barrio donde la generación de mi abuelo aún conservaba el gallego como idioma, pero mis padres y yo ya solo hablábamos casi siempre en castellano. El lenguaje preferido para comunicarse con el exterior era el inglés, y mi identidad dependía de la agudeza de mis traducciones y la mutabilidad del lenguaje. Cuando mis padres hablaban los objetos en inglés a veces adquirían una dimensión española: “rufo” (roof, significa techo), “sinque” (sink, significa fregadero), “frisa” (freezer, significa congelador), “frankfurar” (frankfurter, significa perrito caliente); y los lugares se les ponía otro nombre: San Quemeiro (la playa de Sunken Meadow en Long Island), Loisaida (un nombre latino para decir Lower East Side, la zona sudeste de Manhattan), y el Faienten (originalmente se refiere a la franquicia de tiendas Five and Ten Cents Store, pero luego se usaba en referencia a otras tiendas de mercancía barata). Estas palabras para mis padres le daban vida a una identidad gallego-española-americana que a finales de 1980 ya era cada vez más invisible en Manhattan.
Miles de españoles como mi familia desembarcaron en los muelles de Nueva York a lo largo del siglo XX. Ahora muchos menos llegan en avión. Sus testimonios ofrecen la descripción de una realidad que existe entre España y la ciudad. Cada generación aporta al desarrollo de la economía, política y cultura neoyorquina. Y sus experiencias son parte de la crónica viva de la inmigración.
A continuación hemos recogido los testimonios de cuatro generaciones de españoles que cubren 90 años de la historia de Nueva York.

La euforia de la posguerra mundial y el desengaño de la Gran Depresión

Tony aparece sentado en el medio, vestido de marinero, y Juan Antonio es el hombre calvo a la derecha. La imagen del abuelo fue añadida a posteriori l La Opinión

Cuando el padre de Tony llegó a Nueva York en la década de 1920, la población de Estados Unidos superaba los 100 millones, la tasa del analfabetismo había bajado al 6%, y se tardaba 13 días para llegar a California desde Nueva York en coche, conduciendo 387.000 millas de carretera asfaltada. Juan Antonio no conocía el realismo de las pinturas de Edward Hopper o las novelas de Raymond Chandler y Dashielle Hammett. Tampoco escuchaba el Blues de Bessie Smith, o las baladas románticas como I’ll Be With You in Apple Blossom Time. Pero como muchos de los inmigrantes de esa década se dejo llevar por el optimismo de la cultura americana, motivándole a probar fortuna en Nueva York.
“Mi padre lo tenía muy claro”, dijo Tony, “quería abandonar el campo y encontrar trabajo fijo en la ciudad para traer a su familia. Sin ello dudo que yo hubiera nacido”. La familia de Tony permaneció separada durante siete años hasta que su padre encontró empleo en la fábrica de Esso en Bayonne, Nueva Jersey. Hoy Esso es conocida como la petrolera Exxon, y su padre trabajó para aquella fábrica durante casi tres décadas. “Cuando lo hicieron fijo, mi padre le escribió a mi madre para que vendiera todo el ganado, y mandara a mis hermanos a la escuela unos meses en Ourense”, dijo Tony. Su madre y sus hermanos se reunieron con su padre el 14 de mayo de 1927 en Nueva York. Tony nació en el apartamento alquilado de sus padres en Bayonne en 1928.
Cuando Juan Antonio se estableció en Bayonne no tenía ninguna intención de regresar a su pueblo. “Galicia era muy rural para mi padre”, dijo Tony, “y había una diferencia palpable entre Pereiro de Aguiar [en Ourense] y Bayonne”. El crecimiento de la ciudad le ofrecía una visión del futuro. “Se podían sentir los cambios rápidos en la tecnología y la infraestructura”, explicó Tony. “Cuando mi padre llegó por primera vez a Bayonne, muchos hogares todavía no tenían electricidad. La casa en que vivo ahora fue construida sin electricidad. Pero todo eso empezó a cambiar rápidamente. El noreste de Estados Unidos en ese momento era una de las zonas de mayor crecimiento en el país”.
A pesar de su determinación para perseverar en Estados Unidos, Juan Antonio mantuvo una conexión cultural con España. Recaudaba dinero para La Nacional de los miembros de Nueva Jersey, y hablaba en gallego o español con sus hijos en casa. Tony recordó que cuando era niño todos sus vecinos italianos le llamaban capito (que significa “entendido”) porque aún no había aprendido inglés. “En una ciudad tan diversa a veces no se aprende inglés tan rápido”, explicó. “Mi padre tuvo que aprender polaco primero para comunicarse con sus compañeros en la fábrica. Y después aprendió inglés para subir de puesto”. Tony aprendió sus primeras palabras de inglés escuchando a sus vecinos.
Lo que distingue a la generación de Juan Antonio de otros inmigrantes fue la época en que llegó. “Si mi padre llegara unos años más tarde durante la Gran Depresión quizás no hubiera encontrado trabajo”, dijo Tony. “Mucha gente perdió su empleo. Mi familia alquilaba una habitación del apartamento para cubrir gastos, y yo empecé a trabajar de lustrabotas con tan solo seis años. Aun así teníamos suerte porque mi padre era uno de los pocos vecinos que tenía empleo fijo durante esos años”.
A pesar de todos los sacrificios, Juan Antonio llegó a cumplir uno de sus sueños. En 1934 compró un Chrysler nuevo de cuatro puertas. “Tenía una rueda de repuesto en cada lado del motor”, recordó Tony con emoción. “Mi padre tenía el anticipo para pagar la hipoteca de una casa pero prefirió comprar el coche porque era un símbolo de libertad. Los domingos siempre nos llevaba de excursión, y yo me fijaba como conducía.  En mi mente aprendí a conducir antes de que mis pies pudieran llegar al acelerador”.

La edad de oro de la calle 14 y elcomienzo del declive

Maximino Vázquez con la gaita en 1958 l La Opinión

“Cuando yo era niño”, recordó Maximino Vázquez con nostalgia, “a veces dormía en el balcón encima de la tienda de mi padre y oía las voces de otros españoles en la calle”. Ahora en 2010 Maximino es el último residente gallego-argentino de aquella época que aún vive en la calle 14, entre la séptima y octava avenidas. Pero en 1950 la comunidad española seguía en auge. Restaurantes como La Bilbaina deleitaban a los expatriotas con sus guisos y estofados, mientras que las tiendas como la Casa Moneo les abastecía con ingredientes esenciales para una cocina española en casa.
La década de 1950 inauguraba un boom económico donde los americanos empezaban a comprar productos de marca que no eran disponibles antes de la II Guerra Mundial. La moda de esa década seguía conservadora, a pesar de que el actor James Dean pronto irrumpiría en el cine con sus vaqueros. Los hombres llevaban trajes de franela gris y las mujeres lucían vestidos de cintura estrecha y tacones altos. Y tanto los españoles como los americanos iban a la mercería del padre de Maximino para comprar marcas como las camisas Arrow y la muda Jockey para hombres, y la ropa interior Lady Marlene para las mujeres.
La Iberia tenía un escaparate grande al estilo de la quinta avenida que era representativo del consumismo de la época. Pero la mercería del lucense José María era un símbolo mucho más profundo para la colonia española. “Todos conocían la tienda de mi padre”, recordó Maximino, “los vecinos éramos como una familia y nos ayudábamos”. El patio detrás de la mercería servía como guardería para muchos niños españoles cuando sus padres trabajaban. Y José María era conocido afectivamente como “el banquero” porque le fiaba un pantalón negro y una camisa blanca a todos los recién llegados que trabajaban en los restaurantes.
Maximino dijo que el declive de la calle 14 empezó con las migraciones de los españoles a las afueras de la ciudad. Con el boom de 1950, muchos norteamericanos compraron casas de una familia en las comunidades suburbanas de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. Y cuando los inmigrantes empezaron a llegar en avión, las enclaves cerca de los muelles perdieron importancia. “Ya no había la masa crítica de inmigrantes del puerto para sostener a los negocios españoles”, explicó Maximino. La Iberia tuvo que reinventarse cuando los cruceros españoles como el Covadonga y la Guadalupe ya no desembarcaban cerca de la calle 14. También perdieron muchos clientes americanos cuando la autoridad portuaria y la fábrica de Nabisco se mudaron fuera del barrio.
Ahora como uno de los últimos herederos de esa colonia, Maximino se propone recuperar la historia de la calle 14, reconstruyendo la genealogía de miles de españoles que vivieron en la zona. Dirige el comité de archivos de La Nacional, y quiere averiguar donde se fueron las familas del centro. Cada ficha es como una narrativa pequeña de la colonia que contiene el origen y la profesión de los miembros antiguos. “Es importante que la gente sepa que existimos”, matiza, “que somos parte de la historia de Nueva York, y que contribuimos a la ciudad”.

Bob Dylan y la sociología de la juventud

Dino Pacio Lindín con una de sus clases en 1975 l La Opinión

Cuando Dino llegó a Nueva York en 1971, la inmigración española ya había cambiado de una inmigración de colonia a una inmigración más dispersada. Este lucense de Ximil (Pastoriza) era uno de los últimos exiliados políticos del gobierno de Franco. Como sociólogo, trataba de escribir sobre los movimientos de la juventud de los años 60 en España. Pero la censura y las amenazas del gobierno pusieron su vida en peligro.
“Lo que me atrajo a Nueva York”, explicó Dino, “fue la sensación de cambio”. Sus estudios de sociología, y luego sus experiencias como profesor en París, Colonia y Londres le hicieron conocer un mundo nuevo fuera de España. “Cuando nosotros en la península todavía estábamos viviendo en una edad media fosilizada que se llamaba la contramodernidad”, explicó, “ya el mundo era postmoderno”. Y sus experiencias en el exterior le hacían notar mucho más las diferencias en España. “Desde Lugo a la frontera francesa hay 800 kilómetros”, dijo. “De aquella se tardaba 20 horas en tren. Y desde la frontera a París hay 913 kilómetros. Todavía me acuerdo de haberlo escrito allí en la estación. El viaje era 9 horas. ¿Te imaginas el contraste entre esos dos mundos?”
En Estados Unidos, la música le ayudó ubicarse en la postmodernidad. Dino recordó con emoción la primera vez que escuchó un LP de Bob Dylan: “Ese momento fue decisivo. Ya conocía un poco la música afroamericana. Y cuando leí la letra de Blowing in the wind, dije “esto es España”. “How many years can some people exist before they are allowed to be free?” “¿Cuántos años puede el pueblo español sobrevivir hasta que le dejen ser libre?”Y eso era lo que yo gritaba en Madrid durante aquellos años”.
Con la música de Bob Dylan, Dino se dio cuenta de que había un lenguaje nuevo y era importante analizarlo. Convenció a la Universidad de Rochester para dar un curso sobre el lenguaje de la poesía del rock en Manhattan. Sus estudiantes analizaban las letras de las canciones en clase, y luego se desplazaban hasta la zona de MacDougal y Washington Square para conocer el ambiente donde había vivido Bob Dylan. La música expresaba el mismo sentimiento de cambio que impulsó al movimiento de los derechos civiles y el movimiento en contra la guerra de Vietnam.
Esta preocupación social le motivó a trabajar con la comunidad hispana, pero tardó mucho tiempo antes de conocer a otros gallegos en la ciudad. “Durante seis años pasé sin ningún contacto con otro gallego”, dijo, “nunca nadie me habló de ellos en Nueva York”. En 1976 conoció a la Casa Galicia a través de sus alumnos hispanos, y dos años más tarde fue con otro estudiante a La Nacional para comer lacón con grelos.
Desde entonces La Nacional se convirtió en un símbolo de su identidad. “Es el único lugar en Manhattan hoy donde se puede hablar gallego”, dijo. “Los que somos miembros podemos dar conferencias sobre Galicia en el salón del segundo piso”.
Concluyó que los gallegos que fueron socios, y los que aún quedan, le llaman al centro “A Nacional”.

‘Taxi Driver’, Robert de Niro y la energía del pasado

Artur Balder, dirigiendo en los estudios de Cinema Vision, en Chelsea | La Opinión

El inmigrante español hoy tiene un alto nivel educativo y es de carácter individual. En seguida se interconecta con otros españoles en centros como el Instituto Cervantes o la Reina Sofía —instituciones que fueron creadas más bien para profesionales y constituyen un network, pero no tienen un sentido estricto de las comunidades de antes—.
“El inmigrante era mucho más abierto”, explicó el alicantino Artur. “En sus maletas llevaba menos y siempre miraba hacia el futuro”. Aquella generación encontraba el apoyo en los restaurantes, negocios y centros de otros españoles. Pero cuando el director-escritor se asentó en la calle 110 con Broadway en el norte de Manhattan se sentía como en un abismo. “Broadway es como un cañón y me daba la sensación de estar en el fondo”, dijo. “Era muy impersonal”.
Allí permaneció aislado de otros españoles hasta que encontró La Nacional en la calle 14 por casualidad. “Era como encontrar el hueso de un dinosaurio” dijo. “Al principio solo ves el hueso, pero te haces una idea de lo que era antes. Y entonces te das cuenta de que era un dinosaurio muy grande”.
La Nacional le transmite un sentido de comunidad que le acerca a las generaciones anteriores de jornaleros, marinos mercantes y refugiados de la guerra civil. “La pintura que se cae en el pasillo y las escaleras que crujen me dan la impresión de entrar en otro mundo”, dijo. “Aquí he tenido la suerte de encontrar lo que antes se encontraba, pero a mayor escala en 1970. La calle 14 era como venir a la pequeña España. Entrabas en un restaurante y te servían de la manera española. El Café Madrid incluso tenía sus soleras”.
Artur conoció a Nueva York por primera vez a través de los escenarios de varias películas. Su referente preferido es Taxi Driver. “Era un caleidoscopio de la calle muy dramático y depresivo, pero real”. Cuando visitó a Nueva York por primera vez en 1991, le impresionó mucho esa energía que aun conservaba. Y de manera que fue ampliando su perspectiva sobre el cine, la ciudad fue cada vez más esencial para su creatividad. “Todas las historias cinematográficas apuntan aquí. Nueva York es una inspiración urbana que no hay en muchos sitios. Y es difícil de separarse”.
El alicantino rodó su documental Little Spain en La Nacional con la intención de recuperar la memoria de ese barrio perdido de Manhattan. “La Nacional es el corazón de la colonia española”, dijo Artur. “Era una sociedad benéfica creada por los españoles a los que les iba bien para ayudar a los que venían. Daban comidas y cubrían los gastos fúnebres por respeto y cuidado hacia la comunidad española”. La película se estrenará en Nueva York y España en 2011.

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