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Viaje al corazón de las estrellas

Un amor de película. Una pasión más grande que la vida. Un romance feliz y desdichado. Un infierno de placer, un placer en el infierno. Bodas y divorcios, caricias y arañazos, ni contigo ni sin ti, veneno que tú me dieras, una pareja boom con besos de fuego y rupturas de hielo, letra de bolero para una música sin fin. Liz Taylor y Richard Burton, una estrella perseguida por el mal fario y un gran actor al que el cine no hizo justicia, unieron sus vidas durante el rodaje maldito de Cleopatra.
Saltaron chispas y el incendio sólo se apagó cuando un derrame cerebral truncó la vida de Burton en los albores de una incierta resurrección profesional. Atrás palpitaban, bien heridos, 13 años juntos, dos bodas y dos divorcios. Burton, ese hombre atormentado y alcoholizado que una vez le escribió a su amada “si me dejas, tendré que matarme, no hay vida sin ti”, murió en Suiza un 5 de agosto de 1984 (su última película se titulaba, irónicamente, 1984) y poco antes escribió una carta a Liz, que vivía en Los Ángeles. Ella la recibió a su regreso del funeral. Fue una de las 40 cartas escritas por el artista galés a “la mujer más increíblemente independiente, bella, distante, remota e inaccesible que había visto”.
Burton suplicaba a Liz otra oportunidad. La vida con ella podía ser un infierno, pero sin ella no merecía la pena existir. Si Taylor hubiera accedido o no jamás lo sabremos. Debemos conformarnos con saber un poco más de su abrasadora historia de amor gracias a El amor y la furia (La verdadera historia de amor de Elizabeth Taylor y Richard Burton), un libro extraordinario y emocionante con el que Sam Khasner y la biógrafa Nancy Schoenberger, que se aproxima con exquisito cuidado (la actriz no puso pegas, todo lo contrario, y los autores accedieron a una correspondencia de incalculable valor íntimo, aunque sólo les permitió leer unos fragmento de la última carta, que guarda en su mesilla de noche) a una de las relaciones amorosas más fascinantes y famosas entre dos estrellas del cine, y que, como ocurriera con Hepburn y Tracy, se trasladó a la pantalla con varias películas en las que la pareja trabajó junta con desiguales resultados.
Burton era un galés hijo de minero, impetuoso y poco sutil, que acarreaba vitola de amante fogoso y persuasivo (respaldado por una esposa muy tolerante…) cuando a sus 28 años conoció a una Liz de 21 en 1953 durante su primer viaje a California. Nueve años después, volvieron a verse, pero esta vez para no separarse. Como dijo Eddie Fisher, el tercer marido de la actriz y pronto desplazado, “era adicta al dramatismo, a las peleas y las reconciliaciones, a echar puertas abajo. Le resultaba imposible renunciar a lo que había encontrado en Burton”.
Un actor y poeta atormentado, una actriz buscatormentos. Nacieron para amarse, nacieron para odiarse. Liz y Dick entraron en un carrusel desbocado, con el morbo añadido de que él se convirtió también en una celebridad y no sólo en un intérprete prestigioso. Carne de flash. “No nos cansábamos nunca el uno del otro. Hasta con los paparazzi colgados de los árboles, hasta oyendo sus pasos por el tejado, podíamos hacer el amor, jugar al Scrabble y formar palabras indecentes, y nunca se acababa la partida. Si te excitas jugando al Scrabble es que es amor”, resumió Taylor. “Cuando podíamos ser Richard y Elizabeth, el matrimonio funcionaba de maravilla. Lo que no funcionaba eran Liz y Dick, porque eran dos personas que en realidad no existían”. Y añadió: “Richard fue magnífico en cada sentido de la palabra y en cada cosa que hizo… Era amable, divertido y, sobre todo, un buen padre. Todos mis hijos lo adoraban. Atento, amoroso: eso era Richard… Desde esos primeros momentos en Roma, siempre estuvimos loca y profundamente enamorados. Tuvimos tiempo, pero no el suficiente”.
El libro es apasionante y esquiva  la tentación del sentimentalismo o el chascarrillo rosáceo. A Burton no le hubiera gustado verse reducido a un famosillo con el corazón escocido. A medida que se aproxima el final, las páginas transmiten un dolor palpitante, una sensación de angustia vital que se traduce en la (desconocida hasta ahora) forma en que se produjo la muerte de Burton tras una pelea en la que, enfermo, no podía levantar los brazos para defenderse. Su cerebro lo pagó. Liz y Dick pudieron hablar por teléfono sin saber que sería la última vez. ¿Sin saberlo? Tal vez él tuvo un presentimiento. Ella había salido de una clínica de desintoxicación y cuando él la vio en una foto en la prensa descolgó sin titubear el teléfono y la llamó y planearon una cita y quién sabe si… “Adiós, amor”, se despidió él. Para siempre.

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