¿Quién ‘descrucificó’ a Valle Inclán?

‘Collage’ de fotos publicadas en la prensa española con motivo de la muerte de Valle Inclán, acaecida el 5 de enero de 1936 l La Opinión
Llovía, y a cántaros, aquella por lo demás tormentosa tarde noche de rayos y truenos del día de Reyes del año 1936 en el cementerio compostelano de Boisaca, donde se celebraba un entierro, sí, pero no un sepelio cualquiera: el difunto era don Ramón María del Valle Inclán. “Al bajar el ataúd a la fosa —así lo cuenta Carlos G. Reigosa en el libro La muerte de Valle Inclán. El último esperpento— un joven, luego fusilado por los franquistas, notó que sobre la tapa había un crucifijo. Se precipitó a arrancarlo, y joven y ataúd rodaron juntos, en un cuadro paralelo a otros muchos creados por el propio Valle en sus esperpentos”.
El episodio del joven que descrucifica a Valle está sobradamente probado (por muy esperpéntica que pueda parecer la escena acontecida en Boisaca) pero la identidad del audaz muchacho forma parte de una controversia, muy valleinclanesca por cierto, entre historiadores, cronistas y/o biógrafos del primer marqués de Bradomín. Dos son los personas que figuran como candidatas más probables: Eduardo Puente Carracedo (también conocido por su alias de O Nécoras) y Modesto Pasín Noya. Ambos fueron efectivamente fusilados por los franquistas, ambos eran de izquierdas y ambos residían en Santiago por aquellas fechas.
Eduardo Puente Carracedo era todo un revolucionario a la vieja usanza. Tras haber encabezado varias revueltas sindicalistas en la Patagonia, había regresado a Galicia, donde muy pronto se dio a conocer por sus tendencias anarquistas y su anticlericalismo radical. En su novela Home sen nome, el escritor Suso de Toro se inspira en su ajetreada vida y su trágico final, en el cual se cruzan dos versiones: en una se cuenta que fue asesinado a las puertas de su casa y en otra que en la casa de unos amigos en la que se había refugiado, pero que lo traicionaron. A esta última se refiere el que fuera su compañero de celda, Xerardo Díaz Fernández, quien sostiene que a Puente le tendieron una trampa tras hacerle creer que lo habían puesto en libertad. “Lo volvieron a encontrar y no le dieron opción —describe Díaz Fernández—. Lo mataron y pusieron su cadáver ensangrentado en un camión con el que llegaron a Santiago exhibiendo su cuerpo”. Puente Carracedo fue, a no dudar, todo un personaje. Hombre “fornido, inteligente, intransigente y con fama de gran bebedor”, cuando regresó de América, abrió un bar al que llamó El Infierno, de manera que entre el local, su carácter y sus actividades revolucionarias se convirtió en uno de los habitantes más populares de la Compostela de la época. Ese factor, paradójicamente, juega en contra de que fuese O Nécoras (apodado así porque le faltaban tres dedos de una mano) el joven que retiró el crucifijo del ataúd de Valle Inclán. De tratarse de él, nadie hubiese dudado en la inmediata identificación y, además, Eduardo Puente, a esas alturas, era ya, más que un mozo, un hombre maduro (se le calculan cerca de 40 años, aunque no se ha podido confirmar la fecha exacta de su nacimiento).
A partir de ese par de puntos débiles crece y adquiere mayor verosimilitud la versión que apunta a que quien quiso que se cumpliese la voluntad de Valle (que antes de morir había dejado bien claro que deseaba un entierro civil) fue el pontevedrés Modesto Pasín Noya. En el número 7 de la revista Cuadrante, editada por la Asociación Amigos de Valle Inclán, se incluye un artículo del historiador literario Antonio Espejo Trenas en el que, a su vez, se recupera un texto de la crónica del entierro de Valle publicada en la revista de intelectuales filocomunistas Nueva Cultura. En ella leemos las siguientes líneas, firmadas por el periodista Francisco Madrid (Barcelona, 1900; Buenos Aires, 1952): “Entre los muchachos que presencian el entierro hay un obrero que advierte en el ataúd un lignum crucis, del cual nadie se había dado cuenta hasta ahora. En el instante mismo en el que comienzan a descender el féretro, el muchacho, a horcajadas entre las dos orillas de la trinchera, hace fuerzas para arrancar la cruz y para que se cumpla el deseo póstumo de don Ramón (…). Nadie puede contener al jovenzuelo.
No todos los presentes celebran el gesto del obrero.
–¿Qué importaba que fuese enterrado con la cruz?
–Sí, pero había que cumplir los deseos del difunto.
–¿No vieron antes el crucifijo?
–El día estaba tan oscuro que nadie pudo advertirlo.
–¿Y quién es ese muchacho?
–¡Ah, ah! Modesto Pasín, Modesto Pasín”.
Unas líneas más adelante, Francisco Madrid escribe: “El alcahuete que preguntó el nombre del dorador de imágenes que había arrancado la cruz del ataúd de don Ramón no ha olvidado un nombre. Y Modesto Pasín es el primer fusilado en Compostela. En el mismo cementerio y con el puño en alto pierde la vida”.
Aunque en ningún momento se haga mención del episodio del crucifijo, en Cartas de republicanos galegos condenados a morte (Xerais), Xesús Alonso Montero rescata la carta remitida a sus padres de Modesto Pasín Noya (Pontevedra, 17-10-1903; Santiago, 3-12-1936) a quien se identifica como “trabajador en Aguas Potables SA (Santiago). Pintor y dorador comunista (representante del Partido en el Comité de Defensa de la República y afiliado a la CNT). Hijo de José Pasín Romero y Luisa Noya Martínez”. De este tal José Pasín Romero, padre de Modesto, se incluye también un testimonio en el que se reconoce editor de varias publicaciones anarquistas y “primer concejal obrero” de Santiago (1923) siendo reelegido como edil en 1931, en la primera corporación municipal republicana.



Apreciado Salvador:
Muchas gracias por la cita de ese trabajo mío en la revista de los Amigos de Valle-Inclán. Creo que una de sus principales virtudes (tal vez la única) es que propició algún debate privado por parte de algunos investigadores, como quedó demostrado en el excelente libro de Reigosa, Valle-Inclán y Monleón que se publicó algún tiempo después.
La pena es que, después de la muerte de don Ramón, ha sobrevenido una especie de purgatorio revisionista que, no sólo pretende invertir su sincero compromiso republicano, sino convertir su figura en un pelele ideológico del nefasto conservadurismo que padecemos. Lamentablemente, se vuelve a traicionar la memoria cultural de Galicia de manera nefasta.
Un cordial saludo y hasta siempre.