La forja de un magnate
Hay un cierto paralelismo entre las vidas del rey británico Jorge VI —magistralmente contada en la película de moda, El discurso del rey—y el fallecido empresario Roberto Tojeiro, impulsor de uno de los mayores imperios de capital gallego, que da empleo a más de 7.000 personas y factura 1.300 millones al año. El nexo es un sobrehumano tesón. Con poco más de 60 años, la misma edad a la que murieron sus dos hermanos mayores José y Manuel del mismo mal, Roberto Tojeiro sufrió un infartocerebral que lo dejó sin habla y con grandes dificultades para moverse. Corrían los finales años 80 y la carrera del hombre que acababa de fundar Gadisa, el grupo de distribución llamado a liderar poco después el mercado del noroeste español, parecía haber tocado a su fin.
Pero no fue así. Quienes le conocían a fondo le recuerdan aún cojeando y balbuceando mientras daba interminables vueltas a su chalé de Bastiagueiro, la antigua residencia familiar de los Cervigón a la que se mudó desde el piso que ocupaba en Riazor, luchando a brazo partido con la adversidad. Roberto Tojeiro no contó con un milagroso terapeuta, como el monarca inglés; tuvo que superarlo a solas, con la única ayuda de su familia, una constante en su vida. “Tenía una increíble capacidad de relación—recuerda el economista Antonio Grandío, impulsor de la petición de la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo que le concedió el Gobierno—, con sus limitaciones. Era un hombre que se quedó sin habla y que era capaz de hablar sin embargo en público con muchas dificultades pero sin cortarse lo más mínimo. Sufrió mucho, pero tenía un tesón a prueba de bomba”.
Este carácter indomable se forjó en la adversidad. Y comenzó a templarse cuando a la muerte de su madre en 1939, el año del fin de la guerra civil, siendo Roberto apenas un niño de 11 años, no le quedó más remedio que afanarse con sus hermanos mayores en el ultramarinos familiar —la popular Casa Tojeiro— que regentaban en As Pontes mientras su padre transportaba madera a Ferrol en un carro de caballos.
La localidad de As Pontes, que apenas sobrepasaba los mil habitantes, se transformaría en la posguerra española en un singular universo en expansión, en contraste con la pobreza y el estancamiento circundantes en Galicia. Era entonces lo más parecido a aquellos efervescentes campamentos mineros de la fiebre del oro que dieron lugar a algunas de las grandes urbes estadounidenses como San Francisco. Son los años en los que aterriza en la localidad pontesa la Empresa Nacional Calvo Sotelo para explotar los yacimientos de carbón, que desembocará en 1949 en la central térmica inaugurada por Franco.
Siendo apenas un adolescente, Roberto Tojeiro asume en la división del negocio familiar la responsabilidad del transporte y se hace propietario de un camión, mientras sus otros dos hermanos se ocupan del almacén de coloniales (Manuel, con una salud endeble) y de la madera (José). A las grandes empresas Calvo Sotelo y Endesa en As Pontes pronto se le sumará Astano en la cercana Ferrol.
“Aparecen de pronto miles de puestos de trabajo y por allí se dejan caer personas que mandan mucho en la España de entonces, que dirigían aquellos colosales negocios y presidían los holdings centrales de los grandes emporios. Roberto aprenderá mucho de eso y se dará cuenta de que se abre un horizonte mucho más amplio para su dimensión empresarial. Se apunta una tras otra a todas las oportunidades, a todo lo que surge: transportes, madera, distribuciones por los pueblos, transportes peligrosos. Así se forja una tupida red de empresa que le llevará en cuarenta años a ser el líder del sector de la distribución en el noroeste de la península y a poner en pie un selecto lobby gallego, el segundo por volumen de ingresos en la comunidad con capital íntegramente gallego”, explica Antonio Grandío.
Para el gran público, el punto de inflexión de Gadisa fue la compra de la cadena de Supermercados Claudio en 1998, fraguada durante un crucero por el Báltico con Miguel Ángel San Martín, por aquel entonces muy afectado todavía por el asesinato en mayo de ese mismo año de su hermano mayor Claudio San Martín, ex presidente de Caixa Galicia, a manos del Grapo a la puerta de su domicilio once horas después de la voladura del chalé de Fraga en Perbes por el Exército Guerrilleiro. Gadisa era sin embargo un imperio consolidado ya antes de esa operación. Lo que sí cambió fue la dimensión pública de Roberto Tojeiro, que dejó de ser invisible.
Los orígenes humildes la y alergia a la celebridad, son dos rasgos que Roberto Tojeiro compartió con Amancio Ortega. Como el alma máter de Inditex, que comenzó su imperio internacional fabricando batas para señora en un bajo comercial y fue fotografiado por primera vez en 2000 por el jefe de Fotografía de LA OPINIÓN, Víctor Echave, mientras desayunaba en una cafetería de Mato Grande, Tojeiro inició su andadura detrás de un modesto mostrador de alimentación y su primera comparecencia en una rueda de prensa fue en 1998 para explicar la compra de Supermercados Claudio ¡A sus casi 70 años y con cuatro décadas construyendo uno de los mayores emporios gallegos a su espalda! .
Su dimensión pública da entonces un vuelco y Gadisa se convierte en una referencia empresarial fundamental, sino la mayor, en el entorno del Gobierno gallego, una línea de actuación que no resultó cómoda al principio para Roberto Tojeiro y que se ha convertido ya en tradición, cristalizada últimamente en campañas de imagen consideradas un hito en el sector publicitario como la popular Vivamos como galegos. “Tojeiro fue de los primeros empresarios gallegos en darse cuenta de lo que significa el poder autonómico. Cuidaba esas relaciones sobremanera, en eso fue un pionero. Él, que era un hombre tan reservado, fue quizás el que acudió a más actos institucionales de la Xunta. Y en esas ocasiones daba siempre su opinión. Con mucho respeto, pero con mucha claridad”, apunta Grandío.
A pesar de ello, con el Tojeiro inmerso en el laberinto de las relaciones institucionales convivió siempre inamovible la intuición del hombre hecho a sí mismo y forjado en la escuela de la experiencia. La del hombre que conoció ya el amargo sabor del fracaso en 1994 cuando con sólo 16 años vio naufragar el primer sueño: la inversión fallida una fábrica de quesos en Abadín a la que había arrastrado a sus hermanos. Seguramente con los negocios pasa como con el amor, que el primero es imborrable.
Dicen quienes le conocían bien que de esa primera frustración nació su tozudez, la férrea voluntad de no dar el brazo a torcer. “Arruinarse cuando uno es joven es la mejor universidad”, confesó Roberto Tojeiro al periodista Julián Rodriguez en el libro Señores de Galicia. Y también la prudencia. “Hasta ahora no nos han comido los vascos ni los franceses, ni Mercadona—decía—, pero nosostros competimos a nuestra manera. Si hay que invertir diez, puedes llegar a deber cinco, pero nunca doce”. O el culto al trabajo como valor supremo. “Mi placer es el trabajo. Fuera de ello, mi única ocupación es dormir, porque me acuesto a las once de la noche y me levanto a las siete de la mañana. Así que lo que hago es trabajar, estar con mi familia todo el tiempo que puedo, ir de viaje con ellos, y hablar con mis amigos y empleados. Los sábados siempre me gusta llevar conmigo a un empleado y comemos, charlamos, hablamos de gastos…”
De los años pioneros procede también su apuesta nunca traicionada por el entorno familiar como el mejor cimientopara una galaxia empresarial como el imperio Tojeiro, hasta el punto de que en alguna ocasión llegó a definirlo como “una empresa de familias” . El concepto abarca desde una dinastía entre los empleados —presumía de tener gente en sus empresas “cuyos abuelos ya trabajaban aquí”— hasta una fidelidad rayana en la obsesión por el respeto a sus hermanos ya fallecidos. Grandío lo corrobora: “En sus negocios actuó siempre para él y para sus dos hermanos, aún después de muertos. Mantuvo siempre la proporción familiar en las empresas y no quiso tomar ventaja, aunque indudablemente pudo hacerlo. Aunque, mandar, mandaba él, eso sí.”
Al enumerar la especialización de las grandes fortunas gallegas en el libro Señores de Galicia, Julián Rodríguez se refiere a Tojeiro como el hombre de “la alimentación, el gas y lo que toque”. La expresión da idea de la gran diversificación de negocio en el imperio Tojeiro. “Tojeiro parece sinónimo de Gadisa, pero esto es sólo una parte de un todo que llega muy lejos. El grupo Tojeiro es quien transporta los Mercedes a España, o los Volvos de Suecia, por poner un ejemplo. Fue un innovador, siempre estaba dispuesto a abordar cualquier proyecto en el que viese posibilidades de crear riqueza. No se arredraba. Lo mismo negociaba asuntos energéticos con Sonatrach en Argelia que montaba en Oleiros una empresa de algas que vende a multinacionales de la cosmética”, señala Antonio Grandío.
Su última apuesta, un auténtico órdago, pero también la que más quebraderos de cabeza le dio, fue la entrada en un sector económico estratégico que parecía reservado a vascos, catalanes y madrileños. El negocio energético. Tojeiro consiguió integrar en la construcción de la planta regasificadora Reganosa a las dos cajas gallegas, que acabarían vendiendo su participación al fondo australiano Fisrt State, y a la Xunta. El proyecto inicial de Tojeiro, con Gas Natural, estaba pensado para el puerto exterior de Ferrol , pero el retraso de las obras provocó el abandono de la gasista. Antes de ver arruinada su iniciativa, Tojeiro trasladó la planta a unos terrenos suyos en Mugardos, una decisión que desató una polémica que fue remitiendo a medida que el funcionamiento de la planta progresaba. Fuerzas políticas que en su día apoyaron la oposición al complejo energético han cambiado actualmente de actitud. Julián Rodríguez se adentra en el libro Señores de Galicia en cuestiones poco claras relacionadas con el movimiento de oposición a Reganosa, liderado por el fallecido general Gabeiras, hombre clave en el fracaso del 23-F : “Para sus críticos, la vinculación de Guzmán Solana, ex presidente de Enagás y consejero de Gas Natural , empresa rival de Reganosa y promotora de una planta de gas en Gijón, con la familia de Gabeiras –está casado con la hija del general– explicaba muchas cosas”.
Finalmente, la galleguidad de Reganosa,en la que se invirtieron cerca de 500 millones y que está participada por capital extranjero, se ha preservado con el 54% que suman el grupo Tojeiro y la Xunta. El empresariado gallego ha conseguido abrir el candado del oligopolio gasístico español.
Fue la última demostración del tesón del hijo del tendero de As Pontes — “un empresario dinámico dos que non abondan no noso país”, según la adhesión de Beiras a su candidatura a la Medalla del Mérito al Trabajo en 2001— que deja tras de sí un imperio de capital íntegramente gallego y un listón muy alto para un apellido que ha convertido en sinónimo de éxito.






Buen hombre porque ello es cualidad del luchador y que ha sido instrumento de la vida para crear alimento para muchos trabajadores y muchos gallegos. Que Dios le tenga en su gloria.