Iniciativas gallegas ante la tragedia
Una prolongada sequía y los conflictos bélicos en Somalia están provocando un éxodo masivo en el Cuerno de África, donde el hambre y la desnutrición amenazan la vida de once millones de personas. Cooperantes gallegos que han trabajado en la zona analizan las causas de una tragedia humanitaria que está desbordando la capacidad de ayuda de los organismos internacionales.
“Estas crisis alimentarias, aunque puedan tener la sequía como origen, también tienen un componente político fundamental”, comenta la lucense María Reimóndez, fundadora de la ONG Implicadas no Desenvolvemento y que ha estado en Etiopía en cinco ocasiones en los últimos años. La ONG que preside impulsó en el país africano algunos programas de ayuda al desarrollo centrados en la promoción económica de la mujer y en la educación.
Reimóndez denuncia que para los países desarrollados “acabar con la pobreza no es una prioridad. Lo único que se promueven son estructuras de dependencia, cuando no de explotación a través de créditos, dándose la paradoja de que hasta hace bien poco, en que se le condonó la deuda, Etiopía devolvía más fondos a España por la deuda de los que recibía en ayudas”.

El Cuerno de África es una de las regiones más pobres del mundo | LA OPINIÓN
El Cuerno de África, formado por Eritrea, Djibouti, Etiopía, Kenia, Somalia, Sudán y Uganda, es una de las regiones más pobres del mundo, con el hambre como mal endémico, sobre todo en el sur de Etiopía. La sequía actual es la peor en la región en los últimos 60 años, según la ONU. En la última semana, el Programa Mundial de Alimentos ha recaudado 252 millones de dólares (unos 176 millones de euros) para combatir la sequía y el hambre en la zona.
Miles de personas siguen llegando cada día al campo de refugiados de Dadaab, en Kenia, huyendo del hambre en la vecina Somalia, un país asolado por 20 años de conflicto. Tras dos estaciones de lluvias casi inexistentes, la sequía que afecta a su país ha empeorado todavía más su situación de los refugiados, que dejan Somalia ya con un estado de salud frágil, llegan a los campos exhaustos tras días o semanas de viaje.
Dadaab, compuesto por las instalaciones de Ifo, Hagadera y Dagahaley, es el campo de refugiados más grande del mundo, pero se ha quedado pequeño. Los recién llegados se ven obligados a asentarse en refugios improvisados en la periferia, pese a las reiteradas demandas de Médicos Sin Fronteras (MSF) de una solución para descongestionar los campos de Dadaab. Fueron construidos para albergar a 90.000 personas, pero el número de refugiados asciende ahora a casi 400.000. Médicos Sin Fronteras dispensa atención médica a los 113.000 residentes de Dagahaley, pero el número de refugiados aumenta sin cesar, con una media de 500 nuevas llegadas cada día.
La dramática situación ha despertado el interés de Occidente, pero no es algo nuevo en la zona. Como comenta Carmen Pita, presidenta de la asociación Menoria, “en la tele lo que se lleva es que salgan los niños moribundos, y la gente se asombra de lo que está pasando… pero de esta situación ya alertaron hace tiempo diversas ONG; el problema no es de hoy”.

Un proyecto financiado por Menoria en Addis Abeba | LA OPINIÓN
Al ver estos días las imágenes que llegan de Somalia, Etiopía o Kenia, la primera sensación que tiene la presidenta de Menoria es la de estar contemplando algo ya conocido, “lo que pasa es que desgraciadamente vivimos a golpe de sensacionalismo”. Entiende que la situación actual es más dramática que de costumbre, pero en el fondo es lo que viven allí cada día. “La crisis que nos afecta a nosotros, al primer mundo, está repercutiendo también en las ayudas a países sin recursos”, comenta, y recuerda que incluso Cataluña, una comunidad pionera en ayudas a otros países, ha recortado a la mitad sus fondos de cooperación al desarrollo.
Menoria es una asociación gallega creada hace cinco años que reúne a padres de niños y niñas etíopes adoptados y promueve diversos programas de cooperación en Etiopía. “Todos deberíamos sentir vergüenza de lo que está ocurriendo en los países del Cuerno de África, donde la esperanza de vida apenas llega a los 48 años, con unas tasas de orfandad brutales a consecuencia de la extrema pobreza o de enfermedades como el sida”, apunta Carmen Pita, que ha estado en dos ocasiones en Etiopía, donde además de esta “cara terrible” descubrió un país “con una gente maravillosa, que es feliz con lo poco que tiene”. Carmen tiene dos niños etíopes adoptados: Carme Tesfanesh, una niña de 4 años, y Fasil, un niño que acaba de cumplir su primer año de vida.
“Ahora, en una situación de hambre extrema, es muy difícil solucionar cualquier cosa —apunta María Reimóndez, responsable de Implicadas no Desenvolvemento—. Lo único que se puede hacer es contribuir con ayuda alimentaria; pero serán crisis recurrentes mientras sigamos manteniendo esas estructuras. Nosotros trabajamos en una zona de las grandes hambres de los años 80; veinte años más tarde seguían recibiendo ayuda alimentaria y se había creado una estructura de dependencia terrible. La gente esperaba a que llegase la comida y ni se preocupaba ya de cultivar la tierra”.

El Cuerno de África es una de las regiones más pobres del mundo | LA OPINIÓN
Implicadas no Desenvolvemento inició sus actividades hace trece años y en el año 2003 empezaron a trabajar en Etiopía con organizaciones locales. La falta de ayudas económicas ha obligado a esta ONG gallega —que trabaja sobre todo en la India— a suspender este año los programas que venía desarrollando en la capital etíope, Addis Abeba, y en Mersa, una zona empobrecida del Norte del país.
Los proyectos que llevan a cabo duran varios años. “Trabajamos en varios suburbios de Addis Abeba y en el Norte del país, precisamente en una zona en la que se registraron las grandes hambrunas en los años 80; una zona muy dependiente de la ayuda humanitaria. Estuvimos trabajando allí durante cuatro años y con resultados muy positivos, porque trabajamos con una metodología, los grupos de ayuda mutua, que fomentan la independencia de las comunidades”, añade la presidenta de Implicadas. Se trata de grupos de mujeres que se reúnen para ahorrar y solicitar créditos; un sistema distinto al de los microcréditos porque utiliza una metodología comunitaria, no bancaria. “Además de cuestiones económicas, trabajamos también en aspectos sociales, como la violencia contra las mujeres”, explica Reimóndez.
En su opinión, tampoco es tan complicado buscar soluciones, “porque nosotros vimos un cambio radical en un periodo muy corto, llegando a tener mujeres empresarias, mujeres que pasaban de vender un par de cebollas en el mercado a traer camiones de grano”. Añade que lo que hay que buscar son procesos más participativos, que denominan de empoderamiento, sobre todo de las mujeres.
Un problema político
En los países del Cuerno de África es prácticamente imposible desarrollar una estructura política porque toda su capacidad de riqueza la tienen que emplear en devolver las deudas. Tanto María Reimóndez como Carmen Pita inciden en señalar que en el fondo se trata de un problema político.
“En países como Somalia o Sudán —dice María— hay una inestabilidad política marcada muchas veces por los intereses económicos de las empresas occidentales; económicos o militares, porque hay muchos intereses geoestratégicos en el Cuerno de África. Por eso no interesa que los países tengan una estabilidad política”.
Por su parte, la responsable de Menoria habla de la especulación que se lleva a cabo con los productos básicos: “Qué importa que les enseñes a cosechar trigo si después, con la especulación, les impides que puedan comprarlo. Le damos una limosna pero después los machacamos y no los dejamos vivir en todo lo demás, en las relaciones comerciales. Por eso ha nacido el comercio justo”.
Durante su última estancia en Etiopía, hace un año, María Pita pudo comprobar cómo se disparaban los precios de la gasolina o de la comida. Una situación que se agrava en las zonas rurales, donde ni siquiera pueden abastecerse de alimentos. “Ya sé que suena demagógico —comenta—, pero me parece un escándalo que se gasten miles de millones en pijotadas mientras se reducen partidas mínimas como las de ayuda al desarrollo. No se trata de darles una limosnita para tenerles entretenidos, es contar con ellos para el comercio mundial. Es muy célebre una trifulca que hubo entre Etiopía y la multinacional Nestlé, que intentó registrar el café etíope con la marca Etiopía, de tal manera que sólo la pudiesen producir y vender ellos. Afortunadamente, el país ganó el contencioso en los tribunales internacionales”.
Médicos Sin Fronteras trabaja en el campo de Dagahaley (Kenia) desde marzo de 2009. La organización presta servicios médicos, quirúrgicos y de salud materna en un hospital de 170 camas, realiza también vacunaciones, atención prenatal y apoyo de salud mental en seis puestos de salud de los campos y sus alrededores. Desde principios de este año, varios equipos trabajan en la periferia del campo de Ifo 1, donde ofrecen atención primaria de salud y asistencia nutricional a los recién llegados.
Actualmente la organización médico-humanitaria está tratando a más de 2.400 niños en su programa nutricional terapéutico ambulatorio. Otros 138 niños están ingresados en un centro de nutrición terapéutica y 5.047 se benefician del programa de nutrición suplementaria de la organización en los campos de Dadaab.
El calor extremo, junto con la falta de agua, deficientes condiciones de saneamiento, retraso en el registro de los recién llegados y en la provisión de alimentos dificulta las condiciones de vida de estas personas, explican desde Médicos Sin Fronteras. En la evaluación nutricional del pasado mes realizada a 500 niños de edades comprendidas entre los 6 meses y los 5 años que fueron medidos y pesados, el 37,7% sufría desnutrición aguda y de éstos un 17,5% presentaba la forma severa, con alto riesgo de mortalidad. Los niños hasta los 10 años también mostraban elevadas tasas de desnutrición. “Los niveles de desnutrición son altos. Estamos muy preocupados”, afirma Mónica Rull, coordinadora del proyecto de Médicos Sin Fronteras en Kenia y Somalia. “Esperaba encontrar una situación difícil pero no catastrófica”, explica Anita Sackl, coordinadora de la evaluación nutricional. “La mayoría de los recién llegados huyeron de Somalia porque no tenían nada que llevarse a la boca, no sólo porque su país haya estado sumido en la guerra durante décadas”, añade.
Por su parte, María Reimóndez critica el consumo de “imágenes de la pobreza extrema” en Occidente. “En Etiopía, por ejemplo, la gente tiene una gran aversión a las fotos y a los vídeos, porque vieron las imágenes de su gente en los años 80 en las televisiones de todo el mundo… lo sintieron como una agresión para su dignidad. A ninguno de nosotros nos gustaría que nos sacasen así en los medios. Estamos alimentando una especie de espectáculo, de circo mediático, que no beneficia para nada a las personas”, concluye la responsable de Implicadas no Desenvolvemento, no sin antes recordar de nuevo que “la pobreza y el hambre son un problema político”.


