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“Tenía muy claro que su patria era Galicia”

Susana Carlson, viuda de Leopoldo Nóvoa: “A los 60 años se repuso del incendio que destruyó la mayor parte de su obra y dedicó el resto de su vida a pintar”


Cuando Leopoldo Nóvoa resurgió de sus cenizas, descubrió, entre otras cosas, que no solo tenía muchos, y muy buenos, amigos, sino también que a algunos de ellos ni los conocía. La historia se la sabe muy bien Susana Carlson, su novia, su compañera y su esposa, con quien compartía, desde hacía seis años, la vivienda en la que ambos residían en París. La vivienda… y el taller donde trabajaba y se apilaban sus cuadros: ambos quedaron destruidos por aquel maldito incendio de abril de 1979 que marcó, tras su etapa americana, un nuevo antes y después en la trayectoria, y en la vida, del pintor de Raxó, fallecido hace poco más de una semana en la capital francesa. “De repente —recuerda Susana— nos quedamos sin nada, solo zafamos el coche, y eso porque lo teníamos en el parking: del resto, nada”. Pero es que ese resto era mucho resto pues, además de los bienes propios del cualquier hogar convencional de una pareja de clase media, contemplaba la mayor parte de la producción artística de un Leopoldo Nóvoa que ya se había hecho un prestigioso hueco en la elite del arte contemporáneo. “Antes de que pudiésemos pensar en nada de lo que íbamos a hacer —refiere la viuda—, antes de que intelectualizásemos aquella catástrofe, resultó que un vecino al que ni siquiera conocíamos nos ofreció su casa para vivir. Aquel vecino era un muchacho todavía joven, un arquitecto, que conocía la obra de Leopoldo, pero no a él personalmente, por eso nos sorprendió su ofrecimiento, al que no pudimos negarnos porque la verdad es que en aquel momento no teníamos a dónde ir. Recuerdo que la primera noche que pasamos en la casa de aquel vecino hasta entonces anónimo fue entrañable porque, a la cena, acudieron otros vecinos del edificio a los que, en su mayoría, tampoco conocíamos, pero que nos animaron muchísimo en aquellos momentos tan tristes”. Leopoldo y Susana residieron diez días en la casa del arquitecto, hasta que finalmente, y gracias también a otros amigos, consiguieron encontrar una nueva casa y un nuevo taller, “muy pequeñito, eso sí”, desde el que Nóvoa reinició su carrera, con la inestimable ayuda, asimismo, de los 30 cuadros que se pudieron salvar porque el día del incendio formaban parte de una exposición que el artista tenía abierta en Alemania. “Es evidente que para él lo del incendio fue un golpe durísimo y que entre aquellos cuadros que se quemaron había algunos especialmente queridos por él —aclara Carlson— pero después de que lo hubiese asimilado, más de una vez me espetó: “¿Sabes una cosa, Susana? A fin de cuentas, yo creo que algunos de aquellos cuadros estuvieron bien quemados”. Eso sí, a raíz de aquella trágica circunstancia, Leopoldo, que ya había cumplido los 60 años, decidió en la medida de lo posible recuperar el tiempo perdido y dedicarse en cuerpo, alma y espíritu a pintar, a pintar a todas horas, a pintar por la mañana, por la tarde y por la noche, hasta el fin de sus días, cual así cumplimentó: “Dejó casi de salir y comenzó a trabajar con una ferocidad increíble, mientras yo pasé definitivamente a ocuparme de todo lo de la casa”, confiesa su viuda, quien en aquella tesitura rememora también con cariño el detalle que tuvo el pintor asturiano Orlando Pelayo, amigo de la pareja, al prestarle a Leopoldo una cazadora de cuero “para resguardarse del frío por las noches”.

Leopoldo Nóvoa y Susana Carlson, gallego él, paraguaya ella, se conocieron en 1969 en París durante la exposición de cuadros originales de un amigo común. A ella no le gusta calificar lo suyo de flechazo sino de una relación normal que se fue estrechando y que, cuatro años más tarde, les llevó a compartir amores y cariños, vida y hogar, alegrías y tristezas, salud y enfermedad, lo tópico y lo típico, vaya, bajo un mismo techo, el del piso que se incendió. Todavía tendrían que pasar 19 años más para que decidiesen oficializar su relación contrayendo matrimonio.

Hacía relativamente muy poco tiempo que el artista gallego, tras su etapa vital en Argentina y Uruguay, se había instalado en París. Sin embargo, ya en aquella altura contaba con un selecto círculo de amistades españolas, francesas y latinoamericanas, procedentes mayormente del mundo de la cultura, entre las que sobresalían el escritor Julio Cortázar y el destacado pintor, también argentino, Luis Tomassello. A Susana, recién licenciada en la Universidad, no le arredraba en absoluto el hecho de tener tan de cerca a aquellos intelectuales y artistas que estaban en boca de todo el mundo, y mucho menos la diferencia de edad que le separaba de su futuro marido. No obstante, Susana recuerda, ahora como anécdota simpática, el “bochorno que pasé” la noche en que Leopoldo invitó a cenar a su casa a Julio Cortázar: “Con los veinte y pocos años que aún tenía, era la primera vez que ejercía de anfitriona en tales circunstancias, así que me dispuse a emplearme muy bien en la cocina. Lo hice lo mejor que pude, pero cometí un error: usar demasiado los ajos. Esa noche me enteré de que Cortázar era alérgico a los ajos, le producían migrañas, así que no probó bocado en toda la noche…¡Yo creí morirme!” . De la amistad entre Nóvoa y Cortázar poco puede añadirse a lo que ya se sabe: “Su amistad era entrañable y su admiración, mutua”, ratifica esta Carlson que, pese al “fracaso” de aquella primera cena, cuenta que “en general, Julio comió más en nuestra casa que nosotros en la de él. Se ve que mejoré mucho como cocinera, aunque, si venía Cortázar, yo tuviese que renunciar a los ajos como condimento”.

Aunque manteniéndose en el epicentro internacional de la efervescencia artística e intelectual del momento, el París de la década de los 70, donde se reunían los escritores que pergeñaron el boom de la literatura latinoamericana, de García Márquez a Vargas Llosa, ya poco se parecía al París de la bohemia que caracterizó a esta ciudad durante los años de la posguerra: “Se ha mitificado mucho eso de la bohemia parisina de las gentes de la cultura —ratifica Susana Carlson—, pero de los artistas, de los escritores, de los intelectuales con los que tratábamos Leopoldo y yo puede decirse cualquier cosa menos que llevaban una vida bohemia. Todo lo contrario, era gente normal, que trabajaba muchísimo y que, a la hora de salir, más que andar de bar en bar lo que hacían era quedar en sus casas, donde unas veces les tocaba invitar a unos y, otras, a otros. Nada extravagante: lo mismo que ocurre hoy en día ¿no?”

El otro gran amigo literato de Leopoldo Nóvoa fue Juan Carlos Onetti. Se habían conocido ya en Montevideo donde “entre otras andanzas , compartieron novias”. Las visitas de Leopoldo debieron ser de las pocas que,en los últimos diez años de su vida, postrado en cama siempre con un güisqui o una copa de vino al alcance, aún resultaban del agrado del escritor uruguayo: “A Onetti yo ya le conocí en París —recuerda Susana— y después también lo visitamos en Montevideo, donde nos presentó a su esposa, Doly, una mujer encantadora con la que enseguida simpaticé. Su marido era también un hombre maravilloso pero, en cuanto al carácter personal, estaba en el lado opuesto que Cortázar: si Julio era extrovertido, activo, siempre pendiente de la última novedad, Onetti era todo lo contrario: un hombre encerrado en sí mismo, se enclaustraba en su casa y era capaz de pasarse los días y las noches leyendo y escribiendo sin descanso; lo que sucedía fuera de las cuatro paredes de su habitación parecía importarle muy poco, característica que se acentuó hasta el extremismo en sus años postreros”.

Escasas ocasiones, durante aquellos años, escuchó Susana Carlson hablar de España a Leopoldo Nóvoa: “Era como si España, para él, no existiese”. Y es que Leopoldo, y muy especialmente toda su familia paterna, republicana y de izquierdas, como él, fue perseguida por el franquismo con acentuada saña, aunque paradójicamente todos consiguieron sobrevivir a la represión: “Tenía un primo que había sido gobernador en Bilbao durante la II República que salvó la piel a última hora gracias a que pudo embarcarse rumbo a Cuba. Otros, lograron huir y, como Leopoldo, se asentaron en Uruguay, por eso a día de hoy puede decirse que la familia más cercana de Leopoldo, entre las que están su hija, la única hermana que le queda viva y sus sobrinos, todos viven en Uruguay. De su otro hijo, el mayor, sé que reside en Venezuela”.

Tras una fugaz visita realizada en 1971, más de treinta años después de su partida a América, Leopoldo comprobó que, aunque en España las cosas habían cambiado un poco, Franco aún “coleaba”, lo cual era para él una razón más que suficiente para mantenerse alejado donde ya estaba, es decir, en París. Solo después la muerte del dictador y con la Transición a la democracia prácticamente consolidada, el artista decidió volver, pero volver no tanto a España como a Galicia: “Comprobé que, más que a España, a la patria que él quería volver era a Galicia, pero a su Galicia, la de las rías de Pontevedra y Arousa, la Galicia de su infancia”. “No obstante,en ese primer regreso tras la visita de 1971 —continúa Susana— se mostró muy precavido y, al principio, parecía que no quería toparse con nadie. Recuerdo que el pueblo que más le costó ir a visitar fue Vilagarcía porque fue de allí de donde había partido para América. “Tengo dudas —me confesó un día— porque ni siquiera sé quién se portó bien y quién se portó mal durante la guerra, por eso temo equivocarme si me encuentro con alguien”.

“De la muerte no le gustaba hablar —desvela Susana Carlson—, no era uno de sus temas preferidos precisamente. Le gustaban los halagos a su obra, como a cualquiera, claro, pero no le preocupaba mucho qué dirían de él en la posteridad porque Leopoldo era y fue siempre un hombre muy modesto, muy humilde. De las pocas veces que me habló de su muerte fue para decirme un par de cosas: una, que deseaba que la muerte le llegase en París para que yo no tuviese que pasar por el mal trago de unos funerales demasiado públicos si hubiese fallecido en Galicia; y, la otra, que esparciésemos sus cenizas en la ría de Pontevedra”.

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