Cuando, hace 40 años, se hablaba de la pesca en España, era obligado referirse al puerto de A Coruña por ser el primero del Estado español en venta de pesca fresca y marisco, número de barcos pesqueros y empleo en este sector.

La pesca ha sido, hasta hace bien pocos años, un factor clave en el desarrollo socioeconómico de A Coruña. Durante la mayor parte del siglo XX fue precisamente la pesca uno de los más importantes indicativos de la economía de esta ciudad, en cuyo puerto realizaba sus tareas de desembarque de capturas la más potente flota pesquera española. Esta actividad permitió un desarrollo portuario que, en gran medida, marcó el crecimiento urbano de la ciudad al pasar sus barcos de la Dársena pesquera al potente Muro y, de aquí, a la dársena de Oza donde, en la actualidad fondean o amarran la mayoría de los barcos de pesca de todo tipo, buen número de ellos dispuestos para el desguace. Los tripulantes de esas flotas tienen sus domicilios en barrios tan marineros como San Roque, Labañou, el Ensanche, Os Mallos-Sagrada Familia, O Castrillón, A Gaiteira, Monelos, etc.

En los cuarenta años transcurridos, treinta de ellos han tenido en la organización de armadores Arpesco y en Pescagalicia el verdadero motor de arranque, junto con las asociaciones de armadores de artes menores, la cofradía de pescadores de A Coruña o la organización de armadores gallegos de buques de pabellón extranjero Factortame Ltd (en la que se integraba la conocida sociedad Interpesco, abanderada en la lucha contra el Reino Unido por la polémica Merchant Shipping Act, con Juan Tobío a la cabeza). Al frente de Arpesco, en la que también se integraban los armadores de buques extranjeros, dos hombres decisivos en el sector pesquero coruñés: José Freire Vázquez y, como relevo de este y durante más de 30 años, Jesús Etchevers Durán, posiblemente el hombre que, junto con el exgerente de Armadores de Vigo (ARVI), José Ramón Fuertes Gamundi, más ha viajado a Bruselas para tratar asuntos de la pesca.

En este período de tiempo, el puerto coruñés llegó a contar con 200 barcos que faenaban en aguas del llamado Gran Sol, liderados por verdaderos maestros de la pesca en las hoy aguas comunitarias a las que entonces no tenían fácil acceso los barcos españoles (en su mayoría con base en los puertos de A Coruña y Vigo).
De todos aquellos barcos y tras la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986, tan solo quedan una escasa media docena de buques. A bordo fueron patrones de reconocido prestigio internacional como Serafín Mourelle, que han contribuido incluso a bautizar con nombres gallegos zonas de playa (arenales que facilitaban la pesca de arrastre o palangre) que no constaban en las cartas marinas a efectos de la pesca y que han sido desde entonces objetivo para la inmensa mayoría de una flota que generaba en A Coruña 10.000 puestos de trabajo y un volumen de más de 100 millones de euros.

Fue también esta flota la que, tanto en Vigo como en A Coruña, tensaron con los sindicatos pesqueros las negociaciones para el establecimiento de salarios para tripulantes apresados por las autoridades pesqueras del Reino Unido, Irlanda o Francia, poco dadas a admitir la durísima competencia de los barcos de pesca gallegos.

También contribuyeron a la lucha —que todavía hoy continúa— con los designios de los RMS (Rendimiento Máximo Sostenible) y la concesión de licencias de pesca basadas estas en los derechos históricos generados por la presencia de los barcos gallegos en aguas de la CEE. Eran tiempos en los que el puerto pesquero coruñés vivía la más profunda crisis de los últimos 30 años, a pesar de la actividad extractiva de los barcos de cerco, arrastreros de litoral, barcos de artes menores, etc.
Desde entonces, el declive ha sido constante. Las nuevas instalaciones (lonja) para las operaciones de venta de pesca fresca, que rompieron en buena medida el decaimiento al que se vieron abocadas las actividades pesqueras, reciben actualmente tanto o más pescado capturado en aguas de la UE y desembarcado en puertos irlandeses y trasladado en avión al aeropuerto de Vitoria para, desde aquí, reenviarlo a A Coruña, que el desembarcado en el Muro coruñés por la flota de bajura —de A Coruña y otros puertos más o menos cercanos— entre el lunes y el viernes de cada semana.

Aquellas 40.000 toneladas de pesca fresca y marisco no son hoy sino un recuerdo grato a la vez que nostálgico de un tiempo que, aunque difícil, fue mejor para todos y que convirtió a buen número de mandos intermedios, además de patrones, en armadores que rompieron moldes.