De esperar al Teresa Herrera para disfrutar del fútbol de élite como una atracción veraniega a ser protagonista y conquistador en las mejores plazas europeas. La metamorfosis blanquiazul en estas cuatro décadas colocó al Dépor “más allá de la imaginación” como le gusta decir a Lendoiro. Un viaje que le llevó de pisar los campos de Segunda B a disputar una semifinal de Champions y colocar seis títulos nacionales en sus vitrinas.Se convirtió en su época dorada en una alternativa al duopolio Madrid-Barça y en una entidad que era capaz de retener el talento que iba captando y modelando. Un fenómeno social, el ojito derecho de una A Coruña encandilada.

El punto de partida fue bien diferente. Noviembre de 1978. El Dépor, más allá de perder peso a nivel nacional, ya se estaba incluso diluyendo en su entorno cercano. El Celta sí que se sentaba de vez en cuando a comer en la mesa de los grandes del fútbol español. Por aquellas fechas incluso intentó arrebatarle a Alfonso Pichichi Castro. El equipo coruñés resistió el abordaje. Esa puntual fortaleza no le libraba de llevar ya cinco años sin catar la Primera.En su descenso a los infiernos había jugado por primera vez en su historia en Tercera, en 1974.Pronto regresó a la categoría de plata, aunque siguió tres lustros más extraviado sin encontrar el camino que le llevase al que había sido su sitio en los 40 y 50 y con más intermitencia en los 60.Lejos quedaba el equipo subcampeón de Scopelli (1949-50), la Orquesta Canaro (1950-51) o esa excelsa cantera coruñesa que presumía de balón de oro (1960) y que había comandado a la selección española en 1964 en la conquista de su primera Eurocopa con Amancio, Reija y Luis Suárez como protagonistas. Precisamente, a mediados de aquel noviembre de 1978 el Dépor tuvo que recurrir al Arquitecto de Monte Alto.Pero no para que delinease su fútbol sobre el césped.Ya retirado, la directiva de Antonio Álvarez tiró de amistad y lo convenció para que se hiciese cargo del equipo. El Dépor no paraba de perder y enfilaba la Segunda B cuando Mateos fue destituido tras un 0-3 del Granada.Su llegada y verlo sentado en el banquillo de un Riazor consumido por los años y que acumulaba cemento era la imagen de que cualquier tiempo pasado había sido mejor. El equipo se agarró al trabajo y se salvó.Los directivos incluso movieron unos hilos para recuperar en la recta final a Buyo que estaba haciendo la mili en Huesca. Toda ayuda era poca. Luis Suárez, con el deber cumplido, dejó el banquillo a final de temporada. Tenía una vida en Italia que le reclamaba y nada de lo que veía a su alrededor le invitaba a quedarse. El Dépor había salvado un match ball, pero tras el desahogo no había ni proyecto ni cimientos. Quedaba mucho por sufrir.

a. castro y juan carlos se dirigen al césped en oviedo en la 74-75. j. v. abascal

Un año después estaba en Segunda B. Tras el aviso llegó la confirmación del cataclismo. Arandina, Langreo o Ensidesa pasaron por unRiazor entre andamios que fue remodelado para acoger el Mundial. El equipo subió apoyado por la gente de siempre, pero sin despegarse de la frialdad de las grúas y del viaje a ninguna parte que había iniciado en 1973. Aún le quedaba por vagar en Segunda durante tres lustros más en su particular Longa Noite de Pedra.Entre tanta oscuridad, la luz llegó al ver, aunque fuese de manera fugaz, a la Perú de Teófilo Cubillas, la Camerún de Roger Milla y la Polonia de Lato y Boniek durante España 82. Tal y como ocurría con el Teresa Herrera, A Coruña ejercía de anfitrión neutral.El fútbol de élite era su particular función veraniega.

“¿Solución de emergencia? Llegué así varias veces. Estaba al lado de casa y era cómodo para todos. No tiene mérito”, se restaba importancia Arsenio en 110% Blanquiazul. Entraba de nuevo en escena tras el aire fresco del Mundial. Era su segunda etapa en el banquillo, la más planificada. El equipo, con mucha gente de casa, fue arrollador. Se mostró inabordable en Riazor hasta que se llevó uno de los batacazos de su vida ante el Rayo (1-2) en 1983. A Coruña llevaba días festejando y le quitaron el ascenso de los fuciños. “Ese partido lo cambió todo, aquella generación siempre lo arrastró”, lamenta Traba, goleador pertinaz. Fue el primer batacazo de unos cuantos en esos años. La derrota y el arbitraje de Villena Peña en Oviedo en 1986, la promoción de ascenso ante el Celta con el penalti deAlvelo y el auge de los localismos y de la rivalidad Dépor-Celta… Elconjunto coruñés había crecido y rozaba la Primera, pero no paraba de chocar contra el muro de su fatalidad. En 1988 se tomó un respiro para sufrir como en su vida y librarse de la Segunda B y de la desaparición en el último minuto. “Me volví loco, ese tanto es historia de este club”, reconoce hoy Vicente. Días después el huracán Lendoiro tomaba tierra en la plaza de Pontevedra y empezaba el despegue hacia la gloria.

“¡Barca, Madrid, ya estamos aquí!”. Lo que pareció un brindis al sol de Lendoiro en una tarde de junio de 1991 desde el balcón de María Pita se convirtió en un serio aviso y más adelante en una realidad.Ya con los hermanos González Pérez al mando, el Dépor había apuntado alto en los años anteriores, aunque no se había sacudido del todo la desgracia. Primero le arrebataron enPucela la posibilidad de jugar en Europa con un dañino arbitraje de Soriano Aladrén y las malas artes de Minguela y los hermanos Hierro. Un año después el Tenerife aún se interpuso. Aquel 9 de junio se quemó el meigallo y volvió para quedarse y dar guerra.“Arde la grada, lanzan ajos… Si lo escriben, no sale igual”. Stoja fue el héroe.Ya nada separaba al Dépor y a la Primera, a A Coruña y el firmamento balompédico.

Mijatovic y djukic disputan un balón en pleno diluvio en la final de la copa del rey de 1995. josé aleixandre
los futbolistas del deportivo posan con la copa de ganadores del centenariazo en 2002. víctor echave

“¡Cuánto sufrimos,Martín!”.El equipo aún tuvo que pasar por el purgatorio de la promoción del Villamarín.La frase de Arsenio a Lasarte lo atestigua y aún sobrecoge. Mauro yBebeto pudieron dejar la salita de espera y entraron en su nueva casa. Y con ellos una batería de futbolistas que no había encontrado acomodo en los grandes. El arteixán sublimó su “orden y talento” y por un tiempo el Dépor se olvidó de los bajos fondos. Nacía el Superdépor. “Fue un fenómeno social.Los solteros éramos los novios perfectos, nos seguían desde el hotel”. PacoLiaño intenta transmitir aquella atmósfera de luna de miel continua. Ese año ya accedió al podio y en 1994 perdió una Liga “cuando no quedaba tiempo ni para respirar”. Djukic falló un penalti que heló A Coruña. La historia le debía un título que se cobró un año después con la Copa del diluvio en el Bernabéu y una Liga que conquistó en 2000.Mientras tanto, disfrutaba de otro tipo de réditos. La desgracia generó cierta empatía. El Dépor era el segundo equipo de casi todos.Aquella noche, dura como ninguna, Arsenio dio una lección también en la derrota con una rueda de prensa en la que se le veía sufrir “por todas esas gentes” y que aún hoy funciona como credo deportivista, como manual de uso del sentimiento blanquiazul.

Y llegó Europa, llegó el asalto a Villa Park, llegó la Copa del cabezazo de Alfredo. “No vi el balón entrar, me entero del gol por el ruido de la grada”, rememora el madrileño. El Dépor convertía en ordinario lo extraordinario. La afición se lanzaba a la calle, mientras Arsenio se iba en voz baja sin el reconocimiento que merecía.Esta vez era para siempre. “Os voy a echar mucho en falta”, decía en María Pita.

luque celebra el tercer gol que daba el pase a las semifinales de champions ante el milan en 2004. c. pardellas

La segunda parte de esa década le tocó reinventarse, incluso sufrir para dar un volantazo nacionalizando el equipo y apostando por Irureta, el técnico que le hizo campeón de Liga. “Ese Dépor era equilibrado y eficaz. Es increíble el agradecimiento de la gente”, asegura. El 19 de mayo el protagonista fue Donato, uno de los que aún llevaba el luto por el penalti del 94.“Mi gol fue un regalo de Dios”, confiesa el brasileño, que aún ve por la ciudad fotos de su celebración. A Coruña volvía a arder, pero festejando y no sería ni la última vez. Hacía historia casi cada semana.

El ‘meigallo’ ardiendo, el diluvio del Bernabéu, el gol de Donato, “la Copa que cien años durará”...

“No me pareció mal que se viesen ganadores, supimos jugar con esa presión”. La mente fría y analítica de Valerón, el mejor socio de Makaay y Tristán, explica “aquella Copa que cien años durará”, como dice la canción.El Madrid caía en una final hecha a medida en el día de su cumpleaños. El Dépor volvía a colarse en una fiesta.“Aún hoy creo que la cena de celebración nos salió gratis”, decía Scaloni. De manera paralela, no paraban de caer templos. Parque de los Príncipes, San Siro, Delle Alpi, Highbury, Old Trafford, Olímpico de Munich… Nada quedó en pie. Todo coronado con la majestuosa remontada al Milan (4-0) y el batacazo en las semifinales de Champions ante el Oporto.Ahí empezó la cuesta abajo, que trajo el descenso en 2011, el mayor concurso de acreedores de la historia, la salida de Lendoiro y el regreso del equipo ascensor. Ya con su deuda reestructurada, pelea por volver a Primera. Nadie puede subestimar nunca al gran orgullo de A Coruña porque cuando menos se le espere estará de vuelta entre los grandes. Una historia con final abierto.