La gran explosión urbanística de la ciudad comenzó a principios de los años 70 pero se extendió durante toda la década de los 80. Y no frenó. Si hasta ese momento los barrios tradicionales vivieron su momento de expansión, a partir de 1990, el Ayuntamiento impulsó nuevas áreas residenciales que, a estas alturas, ya están asentadas. La ciudad no ha parado de crecer, pese a su pequeña extensión, hasta la crisis, cuando el parón inmobiliario coincidió con el frenazo desde el Gobierno local y los promotores. Tímidos han sido en los últimos ejercicios las nuevas promociones a gran escala, pero sí que se vislumbran nuevos barrios como el del parque ofimático, tras décadas de tramitación administrativa.Este acceso a la ciudad, con la avenida de AlfonsoMolina atravesando lo que antiguamente eran núcleos rurales, acogerá, previsiblemente, a los futuros nuevos vecinos de A Coruña.

En el año 1978, los barrios más antiguos de la ciudad vivían su gran momento de expansión. Tras una gran explosión demográfica en el siglo XX, la ciudad alcanzaba la cifra récord de 230.000 habitantes. La primera y la segunda fase de Elviña, con grandes bloques residenciales, O Castrillón y el Agra del Orzán acogían a cientos de ciudadanos hasta llegar a una densificación que a día de hoy ya es irreversible. El caso mas evidente es de la última zona, que carece de zonas verdes abiertas para disfrute de los habitantes.También es en los 80 cuando nace Adormideras, como anexo al barrio de Monte Alto, tocando con los dedos el Atlántico y teniendo a la Torre de Hércules como vecino más cercano.

Con la llegada de la década de los 90, nacen ya piezas específicas, barrios donde no existía nada o casi nada, solo casas y fincas aisladas e inconexas que dieron paso a decenas de edificios y pocas áreas de esparcimiento. Fue el caso de Os Rosales, en una de las partes más altas de la ciudad. Un barrio que nació para dar acceso a la vivienda a jóvenes que han criado desde entonces en la zona a sus hijos, formando numerosos núcleos familiares y notándose aún un ambiente infantil y juvenil en sus calles.Cerca de allí Paseo de los Puentes también sufrió una gran transformación, entre el humilde Agra del Orzán y la zona de chalés de Ciudad Jardín, pisos de elevado coste económico en torno a un gran parque también configuraron una nueva zona urbana de la ciudad ya consolidada.

Otra gran bolsa de suelo se ocupó en Matogrande, cerca de Elviña y Barrio de las Flores, y en lo que, en aquel momento, era ya el límite de la ciudad con la comarca. La retícula de edificios, algunos de lujo, que se dispusieron entre avenidas y vías del tren resultaron ser, hasta cierto punto, angostas y los problemas de tráfico y la falta de espacios verdes son complicaciones que aún se viven en el barrio.

Coincidente con estos nuevos barrios, algunos de ellos con viviendas a precios inalcanzables para jóvenes, comenzó la emigración cercana: la que iniciaron muchas familias para vivir en municipios limítrofes a la ciudad en busca de un coste de los pisos más razonable. Culleredo, Cambre, Oleiros oArteixo, por ser los más cercanos, supusieron una alternativa accesible para muchos treintañeros, que acabaron estableciendo sus vidas a pocos minutos de la capital de la comarca y muchos de ellos, trasladándose a diario a trabajar en la ciudad. El cinturón más lejano, con Sada,Betanzos o el actual Oza-Cesuras, también captó a vecinos de la ciudad ávidos de poder independizarse sin tener que hipotecarse hasta límites insanos. Los problemas de tráfico generados por este ir y venir aún se notan en la comarca, con un servicio de transporte público que no se adaptó a este movimiento poblacional constante.
Sería ya a principios del sigloXXI cuando nacería el último de los grandes barrios impulsados por el Concello: el de NovoMesoiro. Nuevo porque Mesoiro, como tal, ya existía. Este barrio junto a Feáns, A Silva o Nostián resisten como núcleos tradicionales en ACoruña, con un modelo de casas unifamiliares y fincas, alejados de la gran ciudad. NovoMesoiro optó por otro concepto, el de bloques de viviendas, en su mayor parte protegidas y, por tanto, más baratas, en el alto de una colina. Y otra vez, jóvenes parejas o personas solteras apostaron por quedarse en la ciudad en este polígono, rodeado de monte y un polígono industrial, en vez de emigrar o vivir al límite de su capacidad económica en el núcleo tradicional de la urbe.

Mientras, en las últimas décadas, los barrios más históricos y periféricos han sufrido una degradación evidente que aún no se han sacudido. Os Mallos o la Sagrada Familia acogen a día de hoy, y desde hace lustros, la población extranjera, aquellos inmigrantes, en mayoría suramericanos, que aceptan viviendas antiguas, no modernizadas, y de bajas rentas mensuales. Los planes públicos de rehabilitación han renovado algunos de ellos, como Os Mariñeiros, las Viviendas del Carmen o Palavea, pero aún hay muchos otros que exigen una rehabilitación urgente.
La situación aún es más acuciante en el casco histórico. El desarrollo de la ciudad en casi medio siglo hizo que avanzara sin echar la vista atrás y, por tanto, de preocuparse por el futuro de su pasado. Plan urbanístico especial y ayudas específicas a propietarios no han logrado, por ahora, revitalizar la Ciudad Vieja y la Pescadería, que contiene los edificios más valiosos de ACoruña. Solares testigo de lo que eran inmuebles, mallas verdes para evitar derrumbamientos o falta de condiciones de habitabilidad son algunas de las cuestiones más visibles que afectan a ambos barrios. Hace pocos meses se ha dado uno de los pasos más prometidos y menos cumplidos en las últimas décadas:la peatonalización de la Ciudad Vieja. A falta de un plan de dinamización, la imagen de la zona no se parece en nada a la de otras zonas históricas gallegas que sí han esmerado en conservar su patrimonio y en hacer de ellas una zona viva.

A Coruña llegó en 2017 a los 244.099 habitantes. Récord histórico nuevamente, aunque se nota la ralentización del crecimiento en las últimas décadas, con poco más de 10.000 residentes nuevos. Vecinos repartidos por distintos barrios:los más nuevos, los que se han renovado y los que esperan una actualización más que necesaria. Y los que tienen el privilegio de tener huerta y una casa sin soportar ruidos de otras plantas; los habitantes que viven en los núcleos rurales, cuyo entorno no ha cambiado en los últimos 40 años.