La tercera ronda, la AC-14, es la última gran infraestructura de la ciudad puesta en servicio, en la primavera de 2015. Un vial de circunvalación de diez kilómetros que enlaza la rotonda de la ronda de Outeiro en el cruce con la calle Manuel Murguía y la A-6 a su paso por Ledoño y que habilita nuevos accesos a la ciudad para darle oxígeno a la circulación rodada, uno de los aspectos que refleja —con los beneficios e inconvenientes que conllevan— el crecimiento de A Coruña en las últimas cuatro décadas. La expansión territorial de la ciudad y el aumento de la población en el núcleo urbano y en los concellos más próximos del área metropolitana han traído consigo en estos años un desarrollo de las arterias de comunicación acorde con las necesidades de los vecinos y de los visitantes. Ese crecimiento de servicios se advierte sobre todo en la mejora progresiva o la creación de infraestructuras viarias que conectan la ciudad desde su esquina atlántica con el resto de la provincia y de Galicia (Lavedra, la AP-9, la avenida de A Pasaxe, la AG-55, la tercera ronda, la vía ártabra), como también en el auge del aeropuerto de Alvedro.

Otros factores más vinculados a la economía, a las necesidades medioambientales o al turismo, sin olvidar la urgencia por establecer una mejor conectividad con los tráficos estatales e internacionales, han motivado en los últimos cuarenta años importantes transformaciones en las infraestructuras portuarias y en el tendido ferroviario, si bien estratégicos proyectos paralelos de gran envergadura avanzan a duras penas o se tropiezan con trabas urbanísticas y discrepancias institucionales y están pendiente de realización, como es el caso de la estación intermodal de San Cristóbal y la conexión ferroviaria al puerto exterior.

Ya en el entramado urbano, la ciudad ha respondido a su propio crecimiento poblacional y a su singular distribución geográfica con soluciones urbanísticas y viarias generalmente convenientes —no exentas de debate— para facilitar los desplazamientos de los vecinos en un enjambre donde, por tradición, no es fácil circular. Sirvan estos ejemplos: el túnel de Eirís, abierto en 2007, que une Matogrande con los muelles portuarios en Os Castros para reducir el volumen de vehículos pesados que antes circulaban por la calle Ramón y Cajal hacia el puerto; los túneles de la Marina y O Parrote, que enlazados al de María Pita, desde 2015 han permitido enterrar el tráfico en superficie en el mismo centro de la ciudad y abrir a la ciudadanía un gran espacio de paseo y ocio en la Marina; y especialmente el paseo marítimo, con un primer tramo en Riazor-Orzán abierto en julio de 1992, una circunvalación al borde del mar que continuó en los años siguientes hasta Bens por un lado y hasta el castillo de San Antón por otro y transformó de forma radical la imagen de la costa coruñesa.

Por tierra, mar y aire, A Coruña, a la par que las ciudades de Galicia, no siempre en sintonía, ha crecido en cuarenta años, como no podía ser de otra manera. Sin perder sus esencias y virtudes provincianas ha mirado más allá de sus límites territoriales para expandirse. Lavedra, la avenida Alfonso Molina, representa quizá mejor que ninguna otra vía de entrada y salida la corriente evolutiva de la ciudad. A sus márgenes, una vez dejado atrás el tramo urbano hasta Linares Rivas, ha surgido el barrio de Matogrande, han aparecido superficies comerciales y, con más enredos urbanísticos de lo previsto, no debería tardar en crecer el ofimático. El vial, que desde 1984 conecta con el tramo de la autopista AP-9 entre ACoruña y A Barcala, todavía espera por una reforma —atascada en la tramitación entre administraciones desde el mandato popular— que agilice la movilidad con un rediseño de carriles, reducción de velocidad, una pasarela peatonal en Pedralonga y una conexión más fluida con el puente de A Pasaxe —con su ampliación también proyectada—, ya que cuando se producen accidentes o hay atascos las colas ralentizan notablemente el tráfico.

La tercera ronda, una infraestructura concebida desde el año 2000, es el otro gran vial que desde 2015 conduce con más comodidad hasta el aeropuerto y conecta en todo su trazado la ciudad con su entorno (por A Zapateira, Mesoiro, Pocomaco, Cuatro Caminos, A Grela y Riazor), aunque su puesta en servicio no ha reducido el volumen de vehículos diarios que circula por Alfonso Molina, como desde siempre preveían las administraciones. Queda pendiente de desarrollo, cada año atascado y sin presupuesto consignado, el proyecto del vial 18 para enlazar la tercera ronda con la AP-9.

La intermodal y el tren a Langosteira se proyectan desde hace años y siguen pendientes

El desastre ecológico causado por el hundimiento del petrolero Prestige en noviembre de 2002 frente a la costa de Finisterre replanteó la conveniencia del puerto interior de ACoruña como destino de grandes buques y movilizó enseguida a las administraciones para concebir y diseñar una dársena exterior en el vecino ayuntamiento de Arteixo que atrajera los grandes cargueros. Abierta la infraestructura por fases y con un gasto superior a los 750 millones de euros, punta Langosteira tiene instalados a casi una docena de operadores y establecida una conexión viaria a través de la AC-15 desde 2016, pero carece aún de la prolongación de este acceso para entroncarlo con la tercera ronda y, más importante, del estratégico enlace del tren.

las obras de los túneles de la marina y o parrote levantaron la superficie de la zona.

El desarrollo del puerto exterior abrió desde 2004 un debate permanente respecto a la liberación de los terrenos portuarios urbanos que dura hasta hoy. Los convenios de aquel año entre las administraciones plantean nuevos usos para el suelo y la Autoridad Portuaria ha tratado de vender los muelles de Batería y Calvo Sotelo, así como los terrenos de La Solana y el hotel Finisterre para costear las obras de Langosteira. Este suelo (de momento) no será vendido, otra cosa es lo que pase con los muelles de San Diego en los próximos años, donde el plan general permite construcciones residenciales a las que se opone el actual Gobierno local, enfrascado precisamente en un proceso de transformación de la fachada marítima mediante un concurso de ideas aún en desarrollo. En los terrenos del Puerto también hubo otras transformaciones en estas décadas, como el derribo de la antigua estación marítima en 2001 en un espacio en el que en los tres años siguientes se levantaron Palexco y un centro de ocio, y la apertura de la nueva terminal de cruceros en 2011.

un petrolero de gran calado entra en las instalaciones del puerto exterior en punta langosteira.

La estación ferroviaria de San Cristóbal, para la que desde 2002 y tras cuatro Gobierno locales se ha planteado su conversión en un nudo intermodal de transporte que a día de hoy está atascado por diferencias de criterio entre administraciones y carece de financiación, ha sufrido reformas externas en la marquesina y la cubierta y en diciembre de 2011 recibió el primer servicio del tramo de Alta Velocidad entre Orense y la ciudad, por el que circulan los trenes Avant entre las estaciones de Orense-Empalme, Santiago y A Coruña. Su mayor transformación, en cambio, está asociada a esa intermodal entre paréntesis sin diseño totalmente definido ni acuerdo institucional.

El aeropuerto de Alvedro, que en los últimos años ha superado el millón de usuarios antes de llegar al 31 de diciembre, se inauguró en mayo de 1963 y hasta hoy ha pasado por diversas ampliaciones que han reforzado su estatus entre las terminales nacionales. Con obras como la ampliación de la pista entre 1989 y 1990 tras un sinfín de negociaciones entre el Ayuntamiento, la Xunta y el Gobierno central, progresivas mejoras en la terminal de pasajeros y otro aumento de la superficie de la pista en 400 metros en 2015, Alvedro, hoy con cuatro compañías operadoras y nueve rutas en España, Portugal e Inglaterra, ha crecido en cuarenta años de la mano del desarrollo de la propia ciudad.